Primero que todo, un concepto obvio: Nadie brilla porque quiera brillar, sólo se brilla porque se es brillante. No importa el poder que detente, las relaciones que esgrima; si su pretensión es el brillo, entonces no es editorial y no hay problemas; pero si quiere conseguir el brillo a través de un proyecto editorial, entonces puede encontrar problemas. Se entiende, entonces, no confunda sus intereses; eso sólo le proveerá resultados confusos, empezando porque sólo ha logrado mentirse a sí mismo, dirigiéndose a su propia insatisfacción. Si su negocio es el brillo, como se dijo, no hay problemas; consígase colaboradores brillantes, en esa capacidad residiría su propia brillantez. Por lo demás, cuidado con los short cuts, que son engañosos como la vereda más tradicional; de nada le valdrá su poder ni sus relaciones para alcanzar esa carencia, si es que la tiene, claro; sólo le servirá para exhibir ante el mundo su mediocridad, su imprudencia, su tontería... en fín.

Now, despite the money, bussines are just for make money, not for spend it; y no es que no sea necesario, sino que tiene otro sentido que el del gasto imprescindible. En efecto, para comenzar un proyecto editorial hace falta el dinero; pero como una base de la que partir, no como una fuente inagotable de recursos. El negocio editorial es eso, un negocio, en el que lo editorial es sólo un adjetivo; aunque para entenderlo sea necesario conciliarse con la idea del dinero como un valor, incluso metafísico, onto y hasta antropológico.

Eso es contradictorio, porque no hay artista que desprecie el dinero; al que busca como el sediento al agua, y al que adora como fanático a un dios. Pero esa compulsión tan natural se le complica con la idea seudorreligiosa e ideológica que tiene del arte; que será muy inducida, con ese concepto tan moderno de intelectualidad, pero no por ello menos poderosa. La idea entonces sería como aquel precepto lezamiano, abstruso —es lezamiano— pero real e iluminado; el de "una voluntad secreta que le acompañase por su vida, una obsesión que le llevase a buscar lo que se oculta en lo que se manifiesta". Sería ahí donde esté el secreto, que reza que si no le gusta la cocina no abra un restaurante, y así hasta el infinito; porque una editorial no sólo canaliza las pretensiones de un escritor, que no por gusto son eso, pretensiones; sino que puede ser un trabajo maravilloso, que se ceba en el trabajo del escritor pero que tiene su materia propia.

He aquí otro problema, en el objeto mismo del editor; que a nivel local suele ser el escritor con la necesidad de ser editado. Pero aquí hay intereses en contradicción, pues el objeto del escritor, en el mismo hecho de escribir, es ser editado; pero ese no es el del editor, que no es ni siquiera editar, sino vender libros que necesaria e inevitablemente ha editado. El racionalismo moderno nos ha convencido de que la voluntad humana es racional y susceptible de hechos racionales; por eso, no cree que el placer sea el indicador natural de la satisfacción de las necesidades verdaderas y concretas, sean estas naturales o artificiales. Sin embargo, con la Postmodernidad, la Modernidad habría entrado en su curva descendente, luego de su apogeo; es decir, un proceso de revisión de aquellos esplendorosos conceptos modernos, como el de la excelencia de la Racionalidad.

Entonces, si no le gusta el trabajo empresarial no abra una empresa, ni siquiera editorial; lo que se traduciría en la capacidad para trabajar en equipo, no con gente sometida sino de explotar la capacidad de colaboradores en un sentido editorial. No hay prueba genética del genio, éste, hasta hoy, es un fenómeno extraño, dado o no; pero eso vale también para el editor, que también es un artista, desde que toda industria humana es un arte (Tekné). Por eso, la suficiencia es un parámetro engañoso, que desborda el carácter personal para alcanzar directamente a la destreza; es decir, el editor necesita la colaboración del diseñador, por ejemplo, que ha de tener ese poder genial del diseño, no la suficiencia del que tiene conocimientos de plástica. Es inevitable que, en condiciones de precariedad, el escritor devenga en su propio editor; pero eso sólo evidenciará su deficiencia empresarial; y ya el primer consejo fue que si no le gusta el trabajo empresarial no abra una empresa. Así, si el escritor no es capaz de nuclear un personal con la capacidad técnica que necesita, no debería ser su propio editor; a menos, claro está, que tenga esa suficiencia en sí mismo, pero porque se lo haya mostrado la vida con experiencias; es decir, para seguir con el mismo ejemplo del diseñador, que tenga en su historial diseños poderosos y novedosos; no sólo suficientes sino atrevidos, que incluso hayan transgredido en algún momento y hasta por casualidad los parámetros habituales de la convención.

El mercadeo, es decir, la capacidad de establecer una estrategia para imponer su producto como una realidad; y ojo con eso, que no se trata de producir el objeto y que ya por eso sea real, sino de que sea aceptado y muestre algún atractivo en ese sentido. Esta es una de las razones por la que fracasan las empresas editoriales marginales, que tratan de ganar el centro sin comprender la naturaleza de ese centro; como uno de los defectos más habituales al escritor devenido editor, inmerso en esa realidad trascendente de su propio proceso de creación; porque no se da cuenta de que la empresa editorial es otro arte y tiene su propia mística, distinta y más conectada con la realidad por su propio pragmatismo. Vamos, se trata de que el estúpido elitismo de los autores contemporáneos ha concedido demasiada densidad a su propia experiencia; equivocado o no —es lo de menos—, eso no funciona en términos de mercado, y el objeto de una empresa es su mercado. Se da el caso, por ejemplo, de que se culpa al egoísmo y el pragmatismo contemporáneo del poco mercado de la poesía; no se piensa que es un producto vencido por la saturación, porque todo el mundo lo produce y espera algún consumo; y así, antes que estimular la poesía habría que desalentar su producción, a ver si se logran consumidores. Después de todo, se está hablando de mercado, y convendría mirarlo en sus fenómenos más primarios, para descubrirle la dialéctica; como, por ejemplo, algo tan poco trascendente como el comercio de productos agrícolas; donde los productores no dudan en destruir parte de su producción con vistas a sostener los precios, porque producto sin rendimiento es de hecho un absurdo.

Otra vía, más factible, sería conectarse con la sensibilidad de ese público popular aún dispuesto a consumirla; pero para eso habría que empezar por respetarlo, claro, porque él va a poner su dinero, dándole sentido a la empresa; y es muy poco inteligente pedírselo basándose en su estupidez y la propia excelencia. Eso por lo menos es muy poco empresarial, y ya está claro que se habla de una empresa; aunque lleve al adjetivo maldito de ser editorial, lo que es muy poco importante si persiste como secreta voluntad. También después de todo, quizás no haya un rechazo al producto per sé, sino a su presentación; es decir, a esa proyección elitista y especializada de los productores, que rechazan al público común con su arrogancia. De donde, y sólo quizás, quizás sea factible quitarle un poco de trascendentalismo al hecho literario; se trata sólo de literatura, ni siquiera de la salvación universal en la que ya y tampoco casi ni se cree, sino de la añorada venta efectiva de los libros.

Un elemento importante es la fatuidad del talento, que será cierto pero no suficiente por eso; porque uno de los problemas del racionalismo moderno fue confiar en esa suficiencia del talento

También ahí, cuidado con las asociaciones, que pueden ser más letales que la hipoteca en tiempos de recesión; después de todo, nadie quiere que lo asocien a una firma desprestigiada, conocida por su baratura a pesar de sus accesos. El éxito puede que sea lento y sacrificado, pero más vale que sea consistente; ejemplos como el de los grandes nombres con empresas piramidales, que pierden los activos de sus inversores; esos son el pan del día, y deberían servir de ejemplo por su valor arquetípico. Nadie con un buen producto quiere salir en la presa, sino que la prensa lo reconozca o le de publicidad; pero en términos de publicidad, más vale comprar el espacio que recibirlo sin la efectividad del prestigio, aunque sea más caro. Un tonto capitalista, que será tonto pero es capitalista, concluyó que si lo barato sale caro y lo caro también, mejor era ahorrarse el disgusto; por eso, querido dummy devenido en editor, mejor ten cuidado con eso y trata de ser honesto, que es la mejor inversión. Sobre eso, pues, las últimas experiencias económicas deberían servir de lección; porque los excesos del neoliberalismo fueron justo que faltaron a la racionalidad de su ética, como los cristianos a la suya, y los comunistas, y hasta los famosos republicanos y demócratas de los estados Unidos. Si hubieran sido perfectos les hubiera funcionado, pero pretendieron la perfección del concepto olvidando sus propias humanidades; no haga eso, querido dumnny, comprenda su propia imperfección, conózcala, reconcíliese con ella y verá los recursos que le depara en su esplendorosa humanidad.

Cualquier crítico contemporáneo, bueno o malo, se detendría ante un libro de poesía; primero, porque los parámetros son tan laxos, que simplemente no hay canon o referencia para el juicio; pero además, porque dada esa misma carencia, los poetas se han vuelto tan susceptibles y personalistas, amparados en esa laxitud, que no dejan lugar a ese juicio. Sin embargo, el caso de este libro de Germán Guerra es un caso especial, y en esa especialidad amerita el riesgo; ya desde que, en efecto, el intento anterior de este escritor dio mucho que hablar, y se establece como un canon por su extrañeza.

     

Sin dudas, Metal, el libro anterior de Guerra, imponía la duda, respetuosa pero duda al fin; y sin embargo, la gloria de este último título como que se impone, y entonces el crítico se atreve a lo que no se atrevería jamás. Libro de silencio obtuvo un premio local, y llamó la atención de los habituales que criticaron a Metal justo por esa diferencia; no es que se trate de un experimento genial, sino posiblemente que se trate simplemente de poesía. En efecto, el libro anterior, por su diferencia con este, recuerda el peligro de las compañías; contenía demasiados experimentos con la metáfora, que buscaba dramatismo. Esa es la sorpresa que nos depara este libro de ahora, que es simplemente poesía; no desconoce la búsqueda intelectualista que descalabró a las escuelas cubanas en los talleres literarios, sus recitales y sus presupuestos de estado; pero más allá de eso logra la levedad, ese pecado de los poetas sin pose, que cuando dicen sus cosas no necesitan de la epaté horrorosa.

También es cierto que el libro llegó en un proyecto nuevo, pues Ediciones Entre Ríos no tiene mucho que ver con la colección Strumento; pero aquella colección es de feliz memoria, publicó títulos como Los peces de plata y cosas por el estilo. Cierto que era muy romántica en su factura, mientras que esta de ahora se preocupa más de su dignidad; es entonces como una evolución del propio director, que arriba a sus luces en una madurez preciosa, aprendida con sabe Dios qué palos. El Libro de silencio es un libro precioso, justo porque pretende el silencio; es decir, esa calma en que uno puede abrir un libro y leerlo, privado y ajeno a todo; y hasta nos permite la discontinuidad, como una gracia antigua, de cuando existía Dios y hablaba por la gloria de los héroes.

      

Veintiún cuentos concisos, de Juan Cuento Roig, ofrece la excelencia a que nos tiene acostumbrados este autor deslumbrante; pero hay algo más, como una sequedad, que habla de su evolución como escritor. Del libro como libro, objeto, puede decirse que aunque el diseño pasa de sobrio para caer en el "minimalismo miamense", no deja de ser un cofre de maderas preciosas; desde el papel de hilo hasta el suave patinado de la cubierta, pasando por la hermosa redondez de la tipografía, que comúnmente es objeto de pecado. También, como buen cofre, guarda la espesa joyería de un autor conciso.

Un error, quizás —y no es seguro—, los exergos de entrada, justificando innecesariamente el valor de los cuentos breves; pero ese es un desliz de editor, no de escritor, que no hay que culpar al rosal por los descuidos del jardinero, responsable de la poda concienzuda. Eso sí, una vez traspasado el umbral, prepárese el lector para lo no visto ni degustado casi nunca en estas latitudes; porque, aunque anclado aún en lo mejor del absurdo aparente, aquí el humor es un poco más dramático y corrosivo, como se dijo, seco. No es que se trate de humor negro, que el autor siempre lo ha manejado con soltura y gracia; es precisamente el regusto amargo que impone en cada sonrisa, que ya no franca carcajada.

Está claro que aquí la intención es otra, no ya la simple y socarrona burla; sino que hay una especie de dolor profundo y existencial, a eso es a lo que se alude cuando se trata de madurez dramática. Está claro también, con este libro, que Cueto es escritor de vastísimos recursos; a pesar de su recurrencia formal con la viñeta, sostiene con pulso firme el gobierno sobre el lector; sin repetirse, como la araña que teje una asombrosa filigrana, y después de maravillarnos con una perla negra nos escarcha un escarabajo de oro en una simple vuelta de sus agujetas. Eso sí, también, no espere jamás un respiradero; tendrá en cambio, el lector, una desazón con la que el autor logra inocularle un poco de desencanto y amargura; pero sobre todo, ¡qué excelencia, Dios mío!

Este negrito sabe mucho

   

El androide y las quimeras

Con los niveles actuales de educación, ser buen narrador es intrascendente; ahora hace falta como nunca el buen pulso, la magia, ese extraño elemento que hace que un libro sea grandioso y único. Eso es lo que se le sobra a Ignacio Padilla en esta colección de relatos, El Androide y las quimeras, publicado por la editorial Páginas de Espuma, de España. Se trata de una colección de cuentos divida en dos partes, la primera dedicada a esas construcciones mecánicas conocidas gracias a la ciencia-ficción, y su impacto dramático en la vida de las personas; la otra dedicada a esos extraños pliegues que brinda la realidad a los escritores para que desarrollen sus mejores temas.

   

En realidad, la naturaleza de ambas partes se mezcla, y no queda muy clara la división entre una y otra; lo que sí es maravilloso es descubrir que todavía la realidad ofrece pliegues de este tipo, que incentivan la torcida imaginación de los mejores escritores. En la mayoría de los cuentos, sobre todo en los primeros, la historia se basa en algún elemento real; una invención de Edison que termina en un fiasco comercial, una asombrosa desenterradora de restos paleontológicos, una posible tercera versión de Alicia en el país de las maravillas. En todos los casos, esa anécdota real es sólo la base de una construcción dramática; que a veces es retorcida y estrambótica, pero que siempre es genial. Es obvio que Padilla exhibe una de las culturas más sólidas de la narrativa contemporánea, se perciben en él las literaturas de verdaderos clásicos; sin embargo es siempre fresco y original, nunca repetitivo, y sus narraciones tienen esa extraña cualidad de un cuadro de la antigua Comedia del Arte o el postmoderno Cirque du Soleil. ¿Cómo lo hace?, es la magia de la ficción perfecta, la genialidad del escritor que ya parecía sucumbido en la banalidad del mercado contemporáneo.

Uno de sus mejores recursos es el fraseo, que depara una lectura veloz y plácida, a la vez que le permite las imágenes más osadas. Padilla ya ha sentado sus fueros con otros libros, entre ellos algunos ensayos; pero con éste de ahora hasta parece fuera de lugar, parece pertenecer a otra generación, aquel fenómeno mágico del Boom de la literatura latinoamericana desde el que lo saludan figuras como Julio Cortázar o Jorge Luis Borges.

En moneda dura...

El mexicano Jorge Ramos ha sabido explotar su poder mediático en su "cross over" a la literatura. El conocido anchor de la televisión hispana se ha dado el lujo de rechazar una oferta de Alfaguara-EEUU, que no pudo competir con la del menos prestigioso pero mejor dotado Vintage Español, también de EEUU. ...se nota que Planeta abandonó la arena local, con sus dotaciones beisboleras.

...y en moneda local:

Mientras, el gran Rosardi ahora "limpia, fixa y da esplendor" . El conocido poeta cubano Orlando Rodríguez Sardiñas pasó a ingresar la terna de la Academia Norteamericana de la Lengua Española según la votación de su última asamblea plenaria.

Índice

Reseñas críticas ...en moneda dura...

Los cinco grandes de José Lorenzo Fuentes

Olor a rosas invisibles

El androide y las quimeras

...y en moneda local

Libro de Silencio

Veintiún cuentos concisos

por El Manierista

¿El gran pretencioso?, entrevista a Ignacio T. Granados Herrera por Rolando Germán Santini

Cuento: La Cena

El fracaso de Planeta en Miami

¿La crisis del libro es de consumo o de producción?

El perfil de la grandeza / José Lorenzo Fuentes

Amor de un día

  

La pregunta trivial es la de siempre: ¿Qué cinco libros salvarías de un desastre terrible?, como si de un desastre terrible se pudieran salvar libros; pero al pie forzado, el inefable Germán Guerra responde que "los cinco libros que salvaría de un desastre, preferiblemente un incendio, para no perder la dimensión alejandrina del asunto" son Los días de tu vida de Eliseo Diego, Los Relatos de Kafka, en esa vieja edición cubana de 1968 que también carga con fragmentos de sus diarios y con la Carta al padre.
También Crimen y castigo del viejo Dostoievski, Ficciones de Borges, y Los Cuadernos de Malte de Rilke.

Sobre la segunda parte, las razones, traza "una cruz de silencio y de ceniza"; pues "serían demasiadas las razones y las cuartillas para explicarte porque estos libros y no otros. Creo que la lista no necesita de justificaciones, bastante pesan ya esos títulos y los nombres de sus autores para ahora tener que justificar mi selección mientras miro los libros que devora el incendio y trato a duras penas de salvarme de las llamas".

Para compensar su negativa a responder ofrece "un plan B, una lista otra, de cinco títulos también, por si la candela y el humo no me dejan encontrar los tomitos arriba mencionados". Estos son Poeta en Nueva York de Lorca, Diario de campaña de Martí, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, El pequeño príncipe de Saint-Exupery, y Elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki.

Pero cuando termina, el amable Germán se torna bélico devolviendo el golpe en maleva finta de Posdata:

"¿Si vas navegando un bote que hace aguas en medio del Atlántico y tienes que tirar al mar cinco libros para no hundirte en los abismos del silencio final, cuáles de tus títulos ejemplares te salvarían de la muerte y de una posible relectura?".

José Lorenzo Fuentes, ya es sabido, es uno de los ases de la literatura cubana en los Estados Unidos de hoy; los otros son Lorenzo García Vega y Carlos A. Díaz Barrios, asentados todos por su propio peso, y en el caso de García Vega, hasta por tradición e historia. Fuentes, como Vega, tiene peso histórico; es una figura propia de la tradición literaria cubana, al mismo nivel que Guillermo Cabrera Infante —por ejemplo—, al que adelanto en algún concurso. El peso de esa tradición es lo que brinda ahora con este libro, en cinco entrevistas a cinco íconos en el pleno esplendor de cuando se lucian ya no tan jóvenes ni indocumentados.

Este libro sirve, ahora que todo valor esta en cuestión, para reflexionar sobre el esquema en que crecimos todos los escritores; para que detectemos nuestras falencias, el momento tenue en que pasamos del esplendor a la decadencia, justo con el logro de los más caros y genuinos anhelos. Resalta, sobre todo por la perspectiva del tiempo, el patetismo que transpira una personalidad como Grosso; mimado por el tiempo, pero disminuido en esta inmediatez en que nos lo muestra Fuentes, sin quererlo pero letal. Confirmaciones hay, como la grave y mística sobriedad de Cortázar, y hasta la genuina llaneza de García Márquez; pero belleza de verdad, por lo grande, con el cariñoso acercamiento a Cundo Bermúdez y a Wilfredo Lam.

Es curioso que semejante contraste se de con personalidades de las artes plásticas y no las literarias; quizás porque el entrevistador es literato, y grande, y puede que retenga ante la plástica el asombro de lo desconocido, que es misterioso. Pero igual, eso es reductivo, porque las entrevistas de Cortázar y García Márquez no desmerecen de las de los plásticos; solo la de Grosso deja ese sabor ligero de la decepción sutil, en una inconsistencia que lo hace realmente patético.

Este es, a que dudarlo, un libro valiosísimo, que justifica el culto que merece su autor; ya no es común haber tenido esas oportunidades, que no por gusto son excepcionales; lo fueron ya en aquellos mismos tiempos, contri'más en estos de ahora, con tanta pobreza que desagua los talentos en la pretensión banal.

Tal Vez

  

      

Olor a rosas invisibles, ¿la eterna magia del amor?

Esta es una novela corta de Laura Restrepo que data del 2002, pero que ahora rescata el sello Alfaguara en una primorosa edición bilingüe. La novela pretende justo el retrato de ese fenómeno inasible que es la eterna magia del amor; pero justo en lo que tiene de insólito, cuando no se recupera sino que desciende a la amistad feliz: Un hombre tuvo un amor perdido en su juventud; él y su enamorada estudiaban en distintos países de Europa, y habían coincidido en un viaje de crucero por las ruinas egipcias.

Ahora él es un señor mayor, un empresario próspero con un matrimonio estable. La historia la cuenta una tercera persona, que es un amigo del protagonista y cuyo papel es el de chismoso gratuito, con intervenciones a destiempo y sin mayor justificación. Es ahí donde esta noveleta se hace un poco desaliñada, cuando necesita introducir a este tercer personaje que no aporta nada en lo absoluto, sino que flota sobre el drama ajeno de forma un poco forzada.

No deja de ser interesante, después de todo se trata de esa eterna magia del amor y sus extraños desenlaces. Pero tiene muchos elementos impostados a la historia, que la hacen imposible desde todo punto de vista, incluso si fuera surrealista. Laura Restrepo es parte de esa generación de escritoras que alcanzó notoriedad recreando los modismos del llamado Realismo Mágico; aunque en su caso, ese amaneramiento se matizaba con historias muy fuertes y de índole social e histórica, que equilibraban las imágenes surrealistas con dramas impactantes por su inmediatez. Esta novela es como un retorno a ese desaliento que se comercializó como un segundo boom del Realismo Mágico gracias a los académicos norteamericanos y su pasión de exotismo. Desde los primeros realistas, no hay dudas de que lo que hace especial a un escritor es el estilo; salvo excepciones, las historias suelen ser banales y comunes, y se salvan por esa impronta del pulso del escritor. En este caso, sin embargo, se trata de una idea genial resuelta en una narración un poco alicaída.

Como divertimiento bien vale la pena, es suave y sin mayor trascendencia; pero en su intento recuerda demasiado a joyas de la literatura regional que escandalizaron por su perfección, como el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa. En ese sentido, en Olor a rosas invisibles, como en la mayor parte de ese segundo boom del Realismo Mágico, se respira demasiado García Márquez; ya desde la historia misma, que trata de recrear una situación común llena de elementos insólitos. A lo que se añade una narración plagada de imágenes comunes, que buscan resolver en un plumazo algo tan inasible como una sensación o un sentimiento. El apego a García Márquez tiene sentido, porque él fue el maestro de esa genialidad de la escritura; que con sus giros insospechados lograba imágenes exactas para las situaciones dramáticas más ambiguas. Pero aquí no se logra ese nivel de perfección, y las imágenes resultan reductivas y demasiado afectadas. Más allá de eso, el libro es valioso como literatura menor; nada menos pero nada más que eso, y ya es bastante el mérito; después de todo, sólo se trata de literatura.