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Eso es contradictorio, porque no hay artista que desprecie el dinero; al que busca como el sediento al agua, y al que adora como fanático a un dios. Pero esa compulsión tan natural se le complica con la idea seudorreligiosa e ideológica que tiene del arte; que será muy inducida, con ese concepto tan moderno de intelectualidad, pero no por ello menos poderosa. La idea entonces sería como aquel precepto lezamiano, abstruso —es lezamiano— pero real e iluminado; el de "una voluntad secreta que le acompañase por su vida, una obsesión que le llevase a buscar lo que se oculta en lo que se manifiesta". Sería ahí donde esté el secreto, que reza que si no le gusta la cocina no abra un restaurante, y así hasta el infinito; porque una editorial no sólo canaliza las pretensiones de un escritor, que no por gusto son eso, pretensiones; sino que puede ser un trabajo maravilloso, que se ceba en el trabajo del escritor pero que tiene su materia propia. He aquí otro problema, en el objeto mismo del editor; que a nivel local suele ser el escritor con la necesidad de ser editado. Pero aquí hay intereses en contradicción, pues el objeto del escritor, en el mismo hecho de escribir, es ser editado; pero ese no es el del editor, que no es ni siquiera editar, sino vender libros que necesaria e inevitablemente ha editado. El racionalismo moderno nos ha convencido de que la voluntad humana es racional y susceptible de hechos racionales; por eso, no cree que el placer sea el indicador natural de la satisfacción de las necesidades verdaderas y concretas, sean estas naturales o artificiales. Sin embargo, con la Postmodernidad, la Modernidad habría entrado en su curva descendente, luego de su apogeo; es decir, un proceso de revisión de aquellos esplendorosos conceptos modernos, como el de la excelencia de la Racionalidad. Entonces, si no le gusta el trabajo empresarial no abra una empresa, ni siquiera editorial; lo que se traduciría en la capacidad para trabajar en equipo, no con gente sometida sino de explotar la capacidad de colaboradores en un sentido editorial. No hay prueba genética del genio, éste, hasta hoy, es un fenómeno extraño, dado o no; pero eso vale también para el editor, que también es un artista, desde que toda industria humana es un arte (Tekné). Por eso, la suficiencia es un parámetro engañoso, que desborda el carácter personal para alcanzar directamente a la destreza; es decir, el editor necesita la colaboración del diseñador, por ejemplo, que ha de tener ese poder genial del diseño, no la suficiencia del que tiene conocimientos de plástica. Es inevitable que, en condiciones de precariedad, el escritor devenga en su propio editor; pero eso sólo evidenciará su deficiencia empresarial; y ya el primer consejo fue que si no le gusta el trabajo empresarial no abra una empresa. Así, si el escritor no es capaz de nuclear un personal con la capacidad técnica que necesita, no debería ser su propio editor; a menos, claro está, que tenga esa suficiencia en sí mismo, pero porque se lo haya mostrado la vida con experiencias; es decir, para seguir con el mismo ejemplo del diseñador, que tenga en su historial diseños poderosos y novedosos; no sólo suficientes sino atrevidos, que incluso hayan transgredido en algún momento y hasta por casualidad los parámetros habituales de la convención. El mercadeo, es decir, la capacidad de establecer una estrategia para imponer su producto como una realidad; y ojo con eso, que no se trata de producir el objeto y que ya por eso sea real, sino de que sea aceptado y muestre algún atractivo en ese sentido. Esta es una de las razones por la que fracasan las empresas editoriales marginales, que tratan de ganar el centro sin comprender la naturaleza de ese centro; como uno de los defectos más habituales al escritor devenido editor, inmerso en esa realidad trascendente de su propio proceso de creación; porque no se da cuenta de que la empresa editorial es otro arte y tiene su propia mística, distinta y más conectada con la realidad por su propio pragmatismo. Vamos, se trata de que el estúpido elitismo de los autores contemporáneos ha concedido demasiada densidad a su propia experiencia; equivocado o no —es lo de menos—, eso no funciona en términos de mercado, y el objeto de una empresa es su mercado. Se da el caso, por ejemplo, de que se culpa al egoísmo y el pragmatismo contemporáneo del poco mercado de la poesía; no se piensa que es un producto vencido por la saturación, porque todo el mundo lo produce y espera algún consumo; y así, antes que estimular la poesía habría que desalentar su producción, a ver si se logran consumidores. Después de todo, se está hablando de mercado, y convendría mirarlo en sus fenómenos más primarios, para descubrirle la dialéctica; como, por ejemplo, algo tan poco trascendente como el comercio de productos agrícolas; donde los productores no dudan en destruir parte de su producción con vistas a sostener los precios, porque producto sin rendimiento es de hecho un absurdo. Otra vía, más factible, sería conectarse con la sensibilidad de ese público popular aún dispuesto a consumirla; pero para eso habría que empezar por respetarlo, claro, porque él va a poner su dinero, dándole sentido a la empresa; y es muy poco inteligente pedírselo basándose en su estupidez y la propia excelencia. Eso por lo menos es muy poco empresarial, y ya está claro que se habla de una empresa; aunque lleve al adjetivo maldito de ser editorial, lo que es muy poco importante si persiste como secreta voluntad. También después de todo, quizás no haya un rechazo al producto per sé, sino a su presentación; es decir, a esa proyección elitista y especializada de los productores, que rechazan al público común con su arrogancia. De donde, y sólo quizás, quizás sea factible quitarle un poco de trascendentalismo al hecho literario; se trata sólo de literatura, ni siquiera de la salvación universal en la que ya y tampoco casi ni se cree, sino de la añorada venta efectiva de los libros. Un elemento importante es la fatuidad del talento, que será cierto pero no suficiente por eso; porque uno de los problemas del racionalismo moderno fue confiar en esa suficiencia del talento También ahí, cuidado con las asociaciones, que pueden ser más letales que la hipoteca en tiempos de recesión; después de todo, nadie quiere que lo asocien a una firma desprestigiada, conocida por su baratura a pesar de sus accesos. El éxito puede que sea lento y sacrificado, pero más vale que sea consistente; ejemplos como el de los grandes nombres con empresas piramidales, que pierden los activos de sus inversores; esos son el pan del día, y deberían servir de ejemplo por su valor arquetípico. Nadie con un buen producto quiere salir en la presa, sino que la prensa lo reconozca o le de publicidad; pero en términos de publicidad, más vale comprar el espacio que recibirlo sin la efectividad del prestigio, aunque sea más caro. Un tonto capitalista, que será tonto pero es capitalista, concluyó que si lo barato sale caro y lo caro también, mejor era ahorrarse el disgusto; por eso, querido dummy devenido en editor, mejor ten cuidado con eso y trata de ser honesto, que es la mejor inversión. Sobre eso, pues, las últimas experiencias económicas deberían servir de lección; porque los excesos del neoliberalismo fueron justo que faltaron a la racionalidad de su ética, como los cristianos a la suya, y los comunistas, y hasta los famosos republicanos y demócratas de los estados Unidos. Si hubieran sido perfectos les hubiera funcionado, pero pretendieron la perfección del concepto olvidando sus propias humanidades; no haga eso, querido dumnny, comprenda su propia imperfección, conózcala, reconcíliese con ella y verá los recursos que le depara en su esplendorosa humanidad.
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Amor de un día
José Lorenzo Fuentes, ya es sabido, es uno de los ases de la literatura cubana en los Estados Unidos de hoy; los otros son Lorenzo García Vega y Carlos A. Díaz Barrios, asentados todos por su propio peso, y en el caso de García Vega, hasta por tradición e historia. Fuentes, como Vega, tiene peso histórico; es una figura propia de la tradición literaria cubana, al mismo nivel que Guillermo Cabrera Infante —por ejemplo—, al que adelanto en algún concurso. El peso de esa tradición es lo que brinda ahora con este libro, en cinco entrevistas a cinco íconos en el pleno esplendor de cuando se lucian ya no tan jóvenes ni indocumentados. Este libro sirve, ahora que todo valor esta en cuestión, para reflexionar sobre el esquema en que crecimos todos los escritores; para que detectemos nuestras falencias, el momento tenue en que pasamos del esplendor a la decadencia, justo con el logro de los más caros y genuinos anhelos. Resalta, sobre todo por la perspectiva del tiempo, el patetismo que transpira una personalidad como Grosso; mimado por el tiempo, pero disminuido en esta inmediatez en que nos lo muestra Fuentes, sin quererlo pero letal. Confirmaciones hay, como la grave y mística sobriedad de Cortázar, y hasta la genuina llaneza de García Márquez; pero belleza de verdad, por lo grande, con el cariñoso acercamiento a Cundo Bermúdez y a Wilfredo Lam. Es curioso que semejante contraste se de con personalidades de las artes plásticas y no las literarias; quizás porque el entrevistador es literato, y grande, y puede que retenga ante la plástica el asombro de lo desconocido, que es misterioso. Pero igual, eso es reductivo, porque las entrevistas de Cortázar y García Márquez no desmerecen de las de los plásticos; solo la de Grosso deja ese sabor ligero de la decepción sutil, en una inconsistencia que lo hace realmente patético. Este es, a que dudarlo, un libro valiosísimo, que justifica el culto que merece su autor; ya no es común haber tenido esas oportunidades, que no por gusto son excepcionales; lo fueron ya en aquellos mismos tiempos, contri'más en estos de ahora, con tanta pobreza que desagua los talentos en la pretensión banal.
Tal Vez
Olor a rosas invisibles, ¿la eterna magia del amor?
Ahora él es un señor mayor, un empresario próspero con un matrimonio estable. La historia la cuenta una tercera persona, que es un amigo del protagonista y cuyo papel es el de chismoso gratuito, con intervenciones a destiempo y sin mayor justificación. Es ahí donde esta noveleta se hace un poco desaliñada, cuando necesita introducir a este tercer personaje que no aporta nada en lo absoluto, sino que flota sobre el drama ajeno de forma un poco forzada. No deja de ser interesante, después de todo se trata de esa eterna magia del amor y sus extraños desenlaces. Pero tiene muchos elementos impostados a la historia, que la hacen imposible desde todo punto de vista, incluso si fuera surrealista. Laura Restrepo es parte de esa generación de escritoras que alcanzó notoriedad recreando los modismos del llamado Realismo Mágico; aunque en su caso, ese amaneramiento se matizaba con historias muy fuertes y de índole social e histórica, que equilibraban las imágenes surrealistas con dramas impactantes por su inmediatez. Esta novela es como un retorno a ese desaliento que se comercializó como un segundo boom del Realismo Mágico gracias a los académicos norteamericanos y su pasión de exotismo. Desde los primeros realistas, no hay dudas de que lo que hace especial a un escritor es el estilo; salvo excepciones, las historias suelen ser banales y comunes, y se salvan por esa impronta del pulso del escritor. En este caso, sin embargo, se trata de una idea genial resuelta en una narración un poco alicaída. Como divertimiento bien vale la pena, es suave y sin mayor trascendencia; pero en su intento recuerda demasiado a joyas de la literatura regional que escandalizaron por su perfección, como el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa. En ese sentido, en Olor a rosas invisibles, como en la mayor parte de ese segundo boom del Realismo Mágico, se respira demasiado García Márquez; ya desde la historia misma, que trata de recrear una situación común llena de elementos insólitos. A lo que se añade una narración plagada de imágenes comunes, que buscan resolver en un plumazo algo tan inasible como una sensación o un sentimiento. El apego a García Márquez tiene sentido, porque él fue el maestro de esa genialidad de la escritura; que con sus giros insospechados lograba imágenes exactas para las situaciones dramáticas más ambiguas. Pero aquí no se logra ese nivel de perfección, y las imágenes resultan reductivas y demasiado afectadas. Más allá de eso, el libro es valioso como literatura menor; nada menos pero nada más que eso, y ya es bastante el mérito; después de todo, sólo se trata de literatura. |
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