Entrevista con Ignacio T. Granados Herrera, director de Ediciones Itinerantes Paradiso

©: Rolando Germán Santini

RG: Por un tiempo hubo comunicado en el portal de entrada que parecía anunciar el fin de Ediciones Itinerantes Paradiso. También, El submarino amarillo, que se anunció con tanto bombo y platillo, estuvo desactualizado por bastante tiempo; la revista anterior, El tonto de la colina, tuvo una existencia muy irregular. ¿Bien, cuál es el estado real de Editpar?; ¿todo eso no significa inestabilidad y hasta inconsistencia?

ITGH: Sin dudas, algo de eso hay, pero habría que ponerlo en perspectiva y quitarle un poco de nivel al asunto.

RG: ¿Puedes explicar eso?

ITGH: Bueno, no tengo ninguna duda de que Editpar fracasó como proyecto; el problema es de inestabilidad, y puede que hasta de inconsistencia, por el comportamiento errático. Pero eso no quiere decir que el proyecto desaparezca, sino que vuelve a ser lo que era en un principio, un proyecto personal. El fracaso, en todo caso, es como empresa, porque ese era el objetivo final; pero en principio no pasaba de ser un proyecto personal de arte, y así no tiene por qué desaparecer.

RG: ¿Y ese fracaso, a qué se habría debido?

ITGH: Pienso que la idea no estuvo bien proyectada, en términos estéticos estaba bien pero evidentemente no como empresa real; y en definitiva los proyectos se miden por sus resultados, no por sus intenciones. Editpar no obtuvo los resultados que esperaba, pero igual prefiero ponderar las circunstancias; sigo creyendo que es uno de los mejores proyectos que se intentaron aquí, de los más serios y consistentes con su idea original. En verdad, pensé que tenía un producto interesante; pero no fue así, la declinación del proyecto lo demuestra.

Eso es curioso, y más que dolor o sensación de fracaso produce como una especie de perplejidad; todavía tengo que organizar las ideas respecto a todo este tiempo y la cantidad de esfuerzos y recursos que consumió. Pero sí teníamos un propósito muy claro, y en un año el proyecto debía poder hasta pagar algún derecho de autor o regalía, por ejemplo, nada impresionante pero sí alguno. En cambio, lo que dejó fue mucho resentimiento en la comunidad, deudas, inestabilidad y un crédito más complicado. Podría ser que la comunidad no esté suficientemente madura para un proyecto como éste; pero el público siempre tiene la razón, el dinero es suyo y sólo lo da si se satisfacen sus intereses, cualquiera que estos sean.

RG: ¿Qué quieres decir con eso de que "quizás la comunidad no estaba suficientemente madura"?

 
RG: Hablaste de los blogs. ¿Crees que su existencia influye en el ambiente cultural?

ITGH: Pues no lo sé, desde principios del 2008 hay una explosión de ellos; la mayoría virulentos y críticos, pero en ese sentido de "mala leche" que tan común se ha hecho a la cultura cubana. Supongo que, por lo menos, es una muestra del estado de la cultura, y sirve para saber con qué se está lidiando. Probablemente se trate de una catarsis necesaria, fuimos formados en la total carencia de recursos tecnológicos y en la falta total de posibilidades de protagonismo; es lógico que al llegar a estas posibilidades la gente se de un atracón imprudente, y que luego sufra un empacho, claro. Pero nada que no se quite con un poco de peptobismol. No hace mucho, alguien preguntó en un blog —sí los veo, aunque no participe— si ahí estaba la "intelectualidad"; la verdad es que el concepto de "intelectual" está tan prostituido desde antes de los blogs, por la prensa, que yo estoy contento de ser sólo escritor; pero eso es un problema de cada quien, yo no tengo blog, no me interesa y creo que no lo necesito.

RG: Pero en algún momento abriste uno...

ITGH: ...que desaparecí al segundo día de haberlo abierto. Lo hice en un estado de rabia y frustración, y me sirvió como catarsis; pero no le dí tiempo más que al primer comentario, precisamente el de un bloguero al que invité, y que de hecho se limitó a acusar recibo de la invitación.

RG: Abunda un poco más en el tema, por favor.

ITGH: Bueno, debo aclarar que, de verdad verdad, nunca se han ensañado conmigo como con otras personas; de lo más que me han podido acusar —¡con tanta mala leche!— es de "no escribir en castellano", pero eso sólo demuestra su propia tontería. Eso sí, por causa de los blogs he terminado con más de una colaboración; pero me imagino que a eso es a lo que se refiere el concepto de "no procastinar", romper con lo que sea necesario y seguir, más pa'lante siempre hay otro pueblo.

No hay algo más que pueda decir sobre eso, ni tampoco me interesa; yo hago mi trabajo, y lo hago del mejor modo que puedo y sé; no pido nada, y en mí sólo han encontrado colaboración y apertura; eso lo saben todos y demuestra que soy suficiente, no tengo miedo a la sombra de nadie y puedo darme el lujo de la generosidad. Lo curioso es que uno les merezca tanta atención, ¡y hasta la vibra!; pero no me importa que digan lo que quieran, siempre he hecho lo que quiero y no pienso cambiar eso.

  

ITGH: Me refiero sobre todo al resentimiento que despertó el proyecto: Lo tomaron como una pretensión personal, y creo que eso es un síntoma de gran inmadurez. El asunto era de todo menos personal, si hubiera sido así no me habría involucrado en el trabajo de nadie, ni habría colaborado con nadie; pero pensaron que esa apertura se debía a un deseo de protagonismo, en el que yo me vendía como promotor cultural; y yo creo que si en algún momento logré alguna visibilidad fue sólo porque estuve dispuesto a involucrarme en el trabajo ajeno por su propio valor. De hecho, nadie ha visto que yo me venda como "el crítio literario", cosa que sí hacen otros..

RG: Pero, en cierto modo la idea era la promoción cultural; ¿entonces, por qué no pensar en un deseo de protagonismo?, hay mucha gente en eso.

Ignacio T. Granados Herrera (el Manierista), foto por Delio Regueral

RG: ¿Cómo surgió Ediciones Itinerantes Paradiso?

ITGH: Editpar de hecho surgió en una segunda vida, la primera vez fue una suerte de juego que desarrollé en Puerto Rico; fue para paliar le desazón de la vida conventual, pues estaba teniendo las contradicciones de la vocación religiosa y la literaria, por el estilo de vida y los intereses de una orden religiosa en estos tiempos. De ahí lo de "Itinerantes", que es parte del carisma de la Orden de los Frailes Predicadores, a la que pertenecía.

Después de dejar el convento por segunda vez, ya como fraile, trabajé por mucho tiempo en un restaurante de Miami Beach; era diswasher (lavaplatos), y después me hice cocinero; un día decidí retomar el proyecto, comencé a hacer plaquettes y las vendía en la calle con el sello de Editpar.

ITGH: Bueno, primero, por algo tan obvio que muy pocos pueden verlo: Nadie puede brillar porque quiere, sólo se puede brillar porque se es brillante; fuera de ahí lo que se hace es mostrar la prepotencia y la arrogancia, y hasta la mediocridad; es como un vestido al que se le ven las costuras, y la prueba siempre está en la consistencia de lo que ofrecen; el mayor o menor realismo de las propuestas, la sintonía de las propias necesidades con las posibilidades que te ofrece la realidad. Desgra-ciadamente importamos una idea de la cultura que responde al modelo cubano; lo que hacemos aquí es pretender que estamos en la UNEAC o el Hurón Azul, que manejamos Letras Cubanas y cosas así. El problema es que también los intereses se dirigen en ese sentido, a nadie le preocupa la consistencia real del mercado, es como en la canción de los Platters, The big pretender; en estricto spanglish, "Lest's pretend that we're succefully arrived to our end".

Creo que, al menos en principio, Editpar sí estaba en sintonía con la realidad; el error estuvo en no tener en cuenta que las personas concretas forman parte de esa realidad, y que sin su voluntad no se llega a ninguna parte. El ejemplo fue el mismo optimismo del principio: Yo equiparé el proyecto a la locura aquella del primer hotel de Las Vegas, el Flamingo, en medio del desierto. La diferencia es que aquellos pioneros tenían un producto interesante, el juego; tenían también una circunstancia propicia, el límite de las leyes que lo regían. Nosotros, en cambio, teníamos un producto poco interesante, el ego de los escritores; creímos que eran los libros, pero no se trataba de eso, sino de los escritores, las personas que están detrás del libro, y es muy difícil comerciar con eso. Tampoco tuvimos una circunstancia propicia, la cultura local es un realengo de poderes convencionales y establecidos.

Más arriba te hablaba del resentimiento que despertó el proyecto en la comunidad, y eso es importante; aunque sólo reflejara inmadurez para un proyecto literario, es un factor a tener en cuenta, incluso el factor clave. Desde el principio, el proyecto recibió ataques gratuitos, un tal "Tal Vez" —al que de hecho yo mismo había publicado en El tonto de la colina— lo calificó como "Ediciones Diletantes Paradiso"; en varios blogs me calificaron como "el Manierista" en son de burla. No tomo nada de eso personalmente, de hecho, me gustó tanto el apodo de "El Manierista" que lo adopté como epónimo, junto al de "fra. Erasmo de la Cruz". Pero sí debió preocuparme el nivel de inmadurez que eso reflejaba, y que debí tener en cuenta; después de todo, no se trataba de una torre de marfil, sino de un proyecto vivo, que trataba de involucrar a las personas.

RG: Sobre ese problema del resentimiento, te consideras marginal, pero no parece que te sientas marginado. ¿No hay algo contradictorio en eso?

ITGH: No, no lo creo, para nada. Cuando hablo de marginalidad lo hago como una actitud propia, mía, con la que soy consecuente; es más una metáfora, porque apelo a métodos alternativos, marginales, no circunscritos a las convenciones al uso. Pero estamos en el capitalismo y la democracia, que no tienen mayores posibilidades de marginación efectiva en términos culturales y literarios; la realidad la dicta el mercado, lo sepa uno o no lo sepa, que es lo de menos. Uno puede tener malas circunstancias, incluso fatales; pero le toca a uno conocerlas, comprenderlas y superarlas. Eso es lo maravilloso de este lugar, y el terror que le tengo a la creación de instituciones convencionales; pienso que el margen es precisamente el espacio de libertad que necesita la creación. Otra cosa es el desarrollo del clientelismo y los abusos de poder, pero que aquí podemos sortearlos justo apelando a la marginalidad; no por bohemia ni snobismo, sino hasta de modo pragmático, porque lo que hagas lo habrás hecho, y eso no va a estar condicionado por nada fuera de ti. Probablemente, los que alegan estar marginados lo que buscan es rehuir su propia realidad espiritual e incompetencia; para mí eso sólo demuestra falta de carácter y de capacidad, de coraje y creatividad, y hasta ponerle precio a la propia firma y la cabeza.

 

                                                               

    

Eso me llevó a envolverme en el ambiente literario de Miami, como por suerte, mala o buena, y casualidad; luego, en el 2004, cuando terminé una colaboración con un autor local, decidí retomarlo.

RG: ¿Por qué terminó esa colaboración?

ITGH: Fue un momento complicado, tuvimos algún éxito, aunque sea en esa forma en que se puede tener éxito en Miami; y creo que no supimos vivirlo, algunas personas que lo habían abandonado regresaron, le llenaron el oído de cosas. Al final, todos esos que habían regresado lo volvieron a dejar solo; pero es difícil aprender algunas cosas cuando se tiene un carácter determinado. Yo sigo colaborando con él cada vez que puedo, no es algo personal; eso es lo que no se puede comprender aquí, que el trabajo y la belleza sean un motivo suficiente en sí mismo.

RG: Eras diswasher en Miami beach, ¿y ahora qué haces, vives de los libros?

ITGH: Si viviera de los libros no podría decir que el proyecto fracasó. En verdad es una vida un poco esquizofrénica, el único momento en que dejé de trabajar en restaurantes fue durante aquella colaboración con un autor local, que duró un año; después de eso volví a ser cocinero de línea por un tiempo, pero era muy malo, lo único que tengo es fuerza y voluntad; la cocina profesional necesita mucho más que eso, y la verdad es que a mí no me interesa mucho. Con el tiempo fuí declinando, de cocinero a ensaladero, y ahora nuevamente diswasher; paga menos, pero es más cómodo para mí.

RG: Fraile, cocinero, diswasher... muy poco literario...

ITGH: Lo será, pero no le veo la contradicción. Probablemente, lo que pasa con el desarrollo de la literatura es que ya se ha hecho una profesión muy convencional; quizás sea por eso que ya está tan regulada y sometida a las presiones del mercado, que no es el mismo de cuando el renacimiento. Ahora hay regulaciones, títulos universitarios, talleres literarios, demasiados sucedáneos para el genio; incluso recuerda un poco el problema de las burbujas y la saturación, hay tantos con tan poca variedad que nadie gana nada, pero nadie quiere bajarse de carro, igual que en el Real State.

RG: ¿Qué otros oficios "raros" has tenido?

ITGH: No creo que sean tan raros, son nada más que circunstanciales, aunque la circunstancia se extienda por toda la vida. He sido sepulturero, pero en el Cementerio de Colón, que conste, que no es cualquier cementerio. También fuí coordinador de actividades para la UNEAC, y conserje del mismo edificio en que vivía en Cuba...

RG: ¿Qué va a pasar con Editpar y El submarino amarillo al final, desaparecerán?

ITGH: Como te dije, no tienen por qué desaparecer; sencillamente volverán a lo que fueron en principio, un proyecto personal; y serán muy consecuentes con el nombre del proyecto, invocarán libertad irrestricta, genio personal, carácter y fuerza. ¡Me gustaría ver otra cosa así!, y de hecho hay cosas que me asombran de todo esto; el sitio-web lo construí sólo, sin saber de eso y sin tener conexión alguna de internet, ¡vivía en un hotel de paso!. El mismo proyecto, cuando comenzó en Miami Beach, no sólo no dejaba pérdidas sino que tenía incluso una ganancia de cerca del 10 %; claro hablamos de volúmenes pequeños, pero eso es rendimiento al fin y al cabo, y de eso es de lo que se trataba. Por eso fue que hicimos las proyecciones optimistas, y todavía creo que eso es posible y hasta necesario; lo que pretendimos fue precisamente saltarnos la codicia de los distribuidores, que además de que no te distribuyen —te aceptan entre tres y diez libros— te piden hasta el 60 % del precio final. Nosotros propusimos un producto barato, con distribución independiente y efectiva en su marginalidad; sólo que falló lo más importante, debimos alimentar la receptividad más incluso que el crecimiento, eso es grave y lo pagamos caro. Pero no hay problemas, sólo la muerte vence a la naturaleza humana; fuera de ella, lo que importa es vivir, y Editpar está más viva que nunca, va conmigo a todas partes, ¡es itinerante!

Rolando Germán Santini

La Habana, 1964 (escritor)

santini95@yahoo.es