El Vampiro


John William Polidori

De la literatura gótica

©: Ignacio T. Granados Herrera

Si Frankestein, junto al Conde Drácula, es el monumento más grande de la literatura gótica, al vampiro de Polidori le toca ser la primera obra de este tipo; lo que le permitiría explicar mejor esa transición, en que se da inicio a todo un subgénero literario, el de la literatura negra. El mérito de Frankestein, como el del Conde, estriba en la complejidad dramática de sus personajes; que arrastraban a un mundo y a un imaginario consigo, como otros niveles de existencia, con sus propias determinaciones. No escapa a ello el que ya se aceptaba la literatura como un hecho de ficción pura; sin mayor compromiso necesario con lo real que la mera posibilidad, tras la que se extiende la fantasía. No es extraño que, con la aparición de las grandes narrativas de los siglos XVIII y XIX, aparezcan también literaturas nostálgicas; a medida que triunfan los realismos, desde aquella fuerza del crítico y hasta el histórico, que degeneran en el sucio; luego de la leve recuperación del mágico, que era una restauración redescubriendo los mismos valores dramáticos de la realidad. Después de todo, en sus orígenes, la fantasía no pasa de ser una representación, es sólo eso; de ahí que junto a la libertad del non-sense, que los ingleses contrapusieron al estricto realismo, el alemán Maikel Ende pueda protestar la catastrófica desaparición de ese landmark que es Fantasia; y no sólo eso, sino que también pueda proponer el acto heroico con que se salve, en un héroe que siendo un niño es la niñez, y realmente patético en su existencialismo.

Antes de todo eso, un grupo de aristócratas snobs se reunieron para proponerse una competencia literaria; la originalidad residía en el objeto de la competencia, que infligiría un giro temático a la literatura. Igual que ellos, y como en una metáfora, mucho antes, Giovanni Boccaccio reunió a un grupo de jóvenes; ellos huían de la triste epidemia que asolaba a la ciudad, que a su vez es un refrente arquetípico de la realidad, como complejo existencial y continuo. Así, Dios, ya que no aquellos ingenuos escritores ingleses, habría previsto el curso todavía sutil infligido por el realismo a la literatura; y habría propuesto un remanso de libertad, en la ficción pura, aunque recreara los más escabrosos escondrijos de la psiquis humana. Eso tampoco es extraño, puesto que este imaginario de pesadilla tiene su génesis en el de los románticos; si bien en el casi paralelo de los más puros románticos, no el de los malditistas, que son otra forma de realismo, aunque sea más retorcido y seco en su suprematismo moral. Ese paralelismo explicaría también la circunstancia, ya que se trataría de una sensibilidad de la época, que así aflora en sus representaciones, en sus fantasías; porque los realismos también son fantásticos, son más bien la lectura imaginada de una realidad, que se confronta críticamente con un parámetro más imaginado todavía.

Está claro que esta primera propuesta es, al menos en términos dramáticos, ingenua, demasiado dada al maniqueísmo en el perfil de sus protagonistas; pero es una primera propuesta, así que es un ensayo, una intuición más bien pura, que sólo bosqueja los mapas a complejizar con los grandes monumentos. Es decir, su valor es arqueológico, aunque también literario, al abrir ese imaginario tenebroso en una dirección específica y de modo suficiente; pero no es ocioso, por ejemplo, el afán moralizador, constante, con que Polidori participa de la crítica social; que afortunadamente es puesto a un costado por la tradición que inaugura, porque para eso estaba precisamente el Realismo, que por demás entonces era crítico. Tampoco hay que reducir in extremis, pues esa linealidad sólo se refiere a la secuencia dramática, que nunca rompe la continuidad histórica; pero en verdad, el salto climático, de la primera parte del relato a la segunda, es abismal, y demuestra la verdadera hondura del tema del vampirismo. No obstante, hay premura en la narración, entrecortada, y un final de impacto calculado pero teatral y sentencioso; presagia la austeridad fatal que nos corroe hoy, cuando pensamos que lo que tenemos que decir es importante, despreciando el puro goce de lo innecesario, la gratuidad del arte. Es ahí que Polidori es inferior a Byron, y es extraño que se le hubiera atribuido a éste último semejante ingenuidad y simpleza; porque Byron, el gran snob, el gozador y el dandy, el mad, bad and dangerous to know, era el epítome del modelo romántico, que cuajaría en la hermosa retorcedura de este dark side of the art.

Claro queda el contraste, de todas formas, cuando se compara El Vampiro con La familia del vourdalak; que muestra ya la mayor complejidad de un género maduro, con recursos como la superposición de tiempos históricos; y no sólo eso, sino que prepara escenarios diferentes, que superpone evitando toda linealidad, en un recurso que sólo se encuentra en los frutos ya maduros, no sólo bien sazonados. La familia de vourdalak, no sólo logra hacer más casual el encuentro tradicional del viajero con el vampirismo; también deriva la historia, otorgando mayor protagonismo al interés sentimental, desplazando su tema central a la calidad de substancia, disociada de la forma dramática, que es tradicional. Otra característica de La familia del vourdalak es su prosa, su retorcida y amanerada construcción sintáctica, y una rebuscada fraseología; mérito de los románticos, desdeñado por el recto sentido de simbolistas y surrealistas, ya emparentados con el realismo por su compromiso social y político, moral. ¡Pero qué belleza de imágenes!, ¡qué imaginario, tan alejado de esas inteligencias que relumbran como silogismos por su agudeza aparente y relativa!; aquí es donde resalta la funcionalidad de esa complejidad sintáctica —que llegaría a inventarse una asignatura inútil, anacrónica y atroz, llamada gramática estructural—; en la textura y la cadencia que logra para los textos, que son así como melodías perfectas, verdaderas óperas de la la literatura. Como en las reflexiones borgianas ante los recursos de Las mil y una noches, en La familia del vourdalak hay recursos experimentales y novedosos que no se encuentran en El vampiro; las gentiles explicaciones del protagonista a su audiencia, en el tiempo real y no en el de la historia, son una especie de superposición de layers, enganchados por elementos externos. Literatura en la literatura llamaría el argentino al recurso, y se entiende desde el antecedente de teatro dentro del teatro; y entonces se comprende lo que se dice de la complejidad, que no es sólo sintáctica sino también dramatúrgica, aclarando la madurez perfecta de esta obra. En ese sentido, Tolstoi recuerda el snobismo que lo convoca a la literatura, como a aquellos otros anteriores, ya languidecientes por la hegemonía amenazante del recto sentido común.

Hay, además, en la historia del vourdalak, un lenguaje estrictamente romántico, que intercala una canción con valor decisivo para el desarrollo de la trama; en eso recuerda a las historias de Scherezada, y sobre todo el sentido buscado por los románticos, y que tratan de reivindicar los góticos. La historia es una pasión, y el vampirismo es tan sólo una condición, inherente al drama y hasta determinante para el mismo; pero la historia trasciende las temáticas con su propia profundidad, sentimental, y su textura, en un pasionario, que los surrealistas sólo habrían confundido por la fusión anterior de los simbolistas entre la forma literaria y la ideología. El resto es historia de la literatura, pura filología, pero no literatura en sí; la literatura sería esta capacidad, el arte, de relatar una historia que representa sucesos eternos, valiéndose de la calidad de un imaginario.

No es extraño que el protagonista de Tolstoi, temprano prototipo del antihéroe, sea un aristócrata; tan decadente, que es de una aristocracia defenestrada, ¡sin que se mencione nunca el conflicto social!; y modelando los futuros playboys de la novela de espionaje moderno, su profesión es la política, que ejercita como un hoby. Sólo en un momento se hace una referencia a la revolución rusa, y no es dramática sino marginal; ¡sirve para sentar la poética del romanticismo!, contrastando la entronización de la nueva deidad, la Razón, de la que el protagonista descree como de un falso dios. Es ahí donde se da el contraste, a nivel de poéticas, con el Realismo; que surge como crítico, en tanto aprovecha el valor dramático de las contradicciones sociales de aquel capitalismo todavía temprano; y producto necesario del racionalismo moderno, así como base ideológica del primer romanticismo francés, en tanto opuesto que lo determina en la reacción; porque el primer romanticismo francés, a diferencia —y se trata de naturalezas y carácter— del alemán, el simbolismo francés, y por ahí hasta el Surrealismo y su antípoda teórica, el Modernismo, no es revolucionario sino reaccionario.

El final de la narración de Tolstoi es, además, delicioso como una boutade, que cierra en un giro gracioso el salto innecesario del equilibrista; todo el tiempo, contrario al caso de Polidori, Tolstoi introduce elementos anticlimáticos, en vueltas a la escena original; que recuerdan el largo encadenamiento de libros como Las mil y una noches o La divina comedia, ¡todo para sólo un cuento!. También, en La familia del vourdalak, se explota a saciedad el tema del erotismo, que en el vampiro sólo servía de apoyo dramático; aquí, por el contrario, como parte de la expresión sentimental, ya se agitan los oscuros pasionarios de la literatura erótica, ¡y todavía con la delicadeza gentil del buen gusto!. Aparte aún, cuánto dramatismo en cada una de las escenas de La familia del vourdalak; no sólo en sus momentos climáticos, que es lo que hace más ingenua todavía la fórmula de Polidori

En todo caso, El Vampiro, de Polidori, es el primer fruto de esa propuesta, y la calidad de vida del grupo en que surgió no podía ofrecer algo más diáfano; pero es que el opuesto que ya florecía, aquel realismo, era tan radical como la Razón Pura que con razón criticara Kant, y no ofrecía asideros humanos; era tan obtuso con la humanidad como la moral cristiana antes de los jesuitas, que lo aliviaron todo con la Casuística. No por gusto, ese afán crítico, como los socialismos, que son racionalistas, nació de la determinación cristiana del Occidente como complejo existencial; a ese horror descrito en las Utopías, con la de Moro la cabeza, se deben copias aguadas como los gulags de los soviéticos. De ahí la libertad, la profunda libertad que implica este derecho al mal, en la inocencia de los poseídos; porque si para Goya, el pintor español, el sueño de la razón produce monstruos, ese apotegma es ambiguo, y no dice si la razón es un sueño o se trata de los peligros de que se duerma; y en ambos casos aparece el margen, tras el que la vida retiene su poder selvático, prehistórico diría Marx, dando a la literatura gótica el poder de la redención.

Obviamente, no tardó esta literatura en ser corregida con la imposición del racionalismo social; y ya a la altura del siglo XX, el realismo se había impuesto en este desboque de la fantasía, con el trío de los invencibles; Sherlock Holmes, Hércules Poirot y Miss Marple, el trío de los buenos, sustituirían a la oscura población de los dark heroes. El acaparamiento del género negro por la bondad cristiana y sus héroes clásicos, le habría impuesto la huida hacia adelante; que en el marco ligth, superficial, de la Guerra Fría, habría ofrecido el tenue resurgimiento del antihéroe como vindicación de los góticos, aunque ya definitivamente ligth. Los espías vendrían, así, al rescate de la humanidad, presa y doblegada a los más altos ideales, que la persiguen como helénicas furias; eran el tipo perfecto del romanticismo, pseudoaristocráticos y decadentes, snobs, diletantes, playboys cuando eso no era pornográfico sino elegante; raramente femeninos, pero casi siempre afeminados, por el amaneramiento del rejuego político y la ambigüedad; nada más ajeno al estoicismo de los héroes puros del Realismo, que ya era socialista. Pero pasada la Guerra Fría, y en el aburrimiento de la verde o la francamente apocalíptica del terrorismo; qué vindicación ofrecerá la literatura gótica, qué horror descubrirá en la honda humanidad de nosotros. Acaso la que se esconde en el anacronismo de una burka, que repentinamente estalla en el más surrealista de los actos políticos; ambiguo es el gesto, que heroico es para los unos y absurdo para los otros, con apertura suficiente como para intentar alguna otra vindicación.

©: Ignacio T. Granados Herrera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres, apareció en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna de la capital inglesa; un noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango. Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales, aparentemente sólo atraían su atención las risas de los demás; como si pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos, donde reinaba la alegría y la despreocupación. Los que experimentaban esta sensación de temor, no sabían explicar cuál era su causa; algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón; aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo, que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar. Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la capital; todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban el peso del "ennui", estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de atraer su atención de manera intensa. A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado, ni por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su presencia; incluso, su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.

Pero aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo; si bien era tal la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy pocos sabían que hablase también con las mujeres. Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria; y bien fuese porque la misma superaba el temor que inspiraba aquel carácter tan singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las manchaban con sus vicios. Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey; era huérfano, con una sola hermana; que poseía una fortuna más que respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía. Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de personas subalternas, Aubrey cultivó más su imaginación que su buen juicio; por consiguiente, alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes, creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la mantenían cálida; aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un pintor, gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de pintura; pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia.

Aubrey era guapo, sincero y rico; por tales razones, tras su ingreso en los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres con hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de pasatiempos extraconyugales; y las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales labios. Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida real no existía la menor base para las necedades románticas de las novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos; y hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes mencionado y descrito se cruzó en su camino. Le escrutó con atención, y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba tan pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las ideas extravagantes—— pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía, más que al personaje en sí mismo; trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el misterioso caballero, su presencia acabó por ser reconocida.

Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo embrollados; y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en la calle, que estaba a punto de emprender un viaje. Deseando obtener más información con respecto a tan singular criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio, igualándose con las personas maduras; con lo que no parecerían caídos del cielo cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y alabanza, según el grado de perversión de las mismas. Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía; muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha; hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje; y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.

Su compañero era muy liberal, el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias; pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda. Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente. En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta. En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los mayores vicios; solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes; pero siempre conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la que generalmente contemplaba a la sociedad que le rodeaba. No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil, o con un padre infortunado de una familia numerosa; entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo. En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él frecuentados echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo; asimismo, muchos padres se sentaban coléricos en medio de sus hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades; sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas inocentes.

Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento, capaz de combatir la destreza de los más experimentados; Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio alguno; pero demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con franqueza y sinceridad, cosa que nunca ocurrió. Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios; y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio, que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.

No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por algún tiempo; dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad casi desierta. Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su cariño; las otras eran de sus tutores, y la última le dejó asombrado. Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia; sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general. Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a ellas; sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por sus virtudes, se habían quitado la máscara desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública. Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada; resolvió inventar un pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria. De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo.

En Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuentara los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar adelante sus planes en secreto; pero la mirada de Aubrey le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva. Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche. Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en semejante menester; y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con la muchacha, se echó a reír. Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del viaje; luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también al carácter de Lord Ruthven. La cita quedó cancelada, y al día siguiente Lord Ruthven se limitó a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.

Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península, llegó a Atenas; allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos debajo del polvo o de intrincados líquenes. Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo. Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil; era, en resumen, el verdadero sueño de un epicúreo. El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedad, y a veces la inconsciente joven se empeñaba en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al dejar flotar su túnica al viento; bajo la ávida mirada de Aubrey, que así olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada. A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado, cambiando rápidamente de matices; pudiendo ello haber sido la excusa del olvido del joven anticuario, que dejaba huir de su mente el objeto que antes había creído de capital importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias. ¿Pero por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie podía apreciar?; era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los atestados salones, por las salas de baile.

Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar patri;.entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos los colores de su juvenil paleta, las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de los cuentos sobrenaturales de su nodriza. Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey; a menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras intentaba reírse de aquellas horribles fantasías. Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su existencia.

Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord Ruthven; pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven. Aubrey cada día se sentía más ligado a Ianthe, ya que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón; y si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba constantemente. En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta haber conseguido sus objetivos; pero siempre le resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo para él. Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey, mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días; siempre, no obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a la acción destructora del tiempo.

La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros; y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos de horror ante aquel solo nombre. Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le llevaría varias horas; cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había oscurecido, por ningún motivo. Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus orgías y bacanales nocturnas; y le aseguraron que, sobre el que se atrevía a cruzar por aquel sitio, recaían los peores males. Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores; pero cuando vio que todos se estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave. A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había proyectado; le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen inspirado tal terror.

Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción; Aubrey se lo prometió, pero estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país. Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso, pero ya era tarde; en los países del sur apenas existe el crepúsculo, el sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con exceso, tenía la tormenta encima; los truenos apenas se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies. El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso bosque; por fin, agotado de cansancio, el animal se paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y la maleza que le rodeaba. Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa tormenta; cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla, todo como en un solo sonido; Aubrey quedó turbado, pero soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza.

No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió; aparentemente, nadie se había dado cuenta de su presencia, porque aunque llamó los sonidos continuaron, sin que al parecer nadie reparase en él; no tardó en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una carcajada; Aubrey se halló al momento asido por una fuerza sobrehumana, y decidido a vender cara su vida luchó, mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme; luego, su enemigo se le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda; al momento, su rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse; la tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído poco después por los portadores de antorchas. Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre; a instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas; cuál fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su amada convertida en un cadáver. Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación; pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su lado. No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como la vida que antes lo animara; en el cuello y en el pecho había sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las venas.

—¡Un vampiro!, ¡un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante aquel espectáculo.

Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la flor de su vida; Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el vacío; sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial, que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre; los gritos de los exploradores, al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor, cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija miraron a Aubrey y señalaron el cadáver; estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.

Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, en la que se mezclaban los delirios; en estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de viaje para que perdonase la vida de la doncella; otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven, maldiciéndole como asesino de la joven griega. Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas, y al enterarse del estado de su amigo se presentó inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular; cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, se quedó horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su presencia. Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que tanto había asombrado a Aubrey; pero tan pronto terminó la convalecencia del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes; y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios; sin saber por qué, aquella sonrisa le molestaba. Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.

Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su característica más acusada parecía haberle abandonado para siempre; no era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le atosigaba de continuo; si recorría los bosques, el paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta; de repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios. Decidió huir de tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas asociaciones; de este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien se sentía unido por los cuidados que aquel le había prodigado durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia que aún no habían visto. Los dos recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo; pero aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su interés. Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron olvidándose de ellas, atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.

En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de protección; al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto, cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas, que pasaban muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas; al instante siguiente la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente, al amparo de un recodo del desfiladero; avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del enemigo. Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo; Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores; al tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.

Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no lejos de allí; tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía recibir la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven. Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente, y dos días más tarde la muerte pareció ya inminente; su comportamiento y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan inconsciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el cual se sintió impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.

—Sí, tú puedes salvarme... puedes hacer aún mucho más...; no me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
—Dime cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo, yo necesito muy poco... mi vida necesita espacio... ¡Oh, no puedo explicarlo todo...! pero si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá libre de las murmuraciones del mundo; y si mi muerte es por algún tiempo desconocida en Inglaterra... yo... yo... ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia—; ¡júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la naturaleza!; jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas! —Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
— ¡Lo juro! —exclamó Aubrey, y Lord Ruthven se dejó caer sobre la almohada lanzando una carcajada, y expiró. Aubrey se retiró a descansar, pero no durmió, pues su cerebro daba vueltas y más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser; y sin saber por qué, cuando recordaba el juramento prestado, se sentía invadido por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.

Al día siguiente se levantó muy temprano, y ya iba a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le comunicó que ya no estaba allí; puesto que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte. Aubrey se quedó atónito ante aquella noticia, junto con varios individuos decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo debidamente; pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto. Durante algún tiempo su mente se perdió en conjeturas, hasta que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras. Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna. Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido a Lord Ruthven; entre otras cosas, halló un estuche que contenía varias armas, más o menos adecuadas para asegurar la muerte de una víctima; dentro se hallaban varias dagas y yataganes.

Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal; Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma; no necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda; además, ambos objetos mostraban gotas de sangre. Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes seductoras de Lord Ruthven; sus padres se hallaban desconsolados, totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde la salida de la capital de Lord Ruthven. El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de horrores, temiendo que la joven también hubiese sido víctima del mismo asesino de Ianthe.

Aubrey se volvió más callado y retraído, y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones, como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy querido; llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a los besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado; si antes, con sus infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más. La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el aplauso de las reuniones y fiestas; no había en ella el ingenio ligero que sólo existe en los salones; sus ojos azules jamás se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su persona había como un halo de encanto melancólico, que no se debía a ninguna desdicha, sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante; no tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la mariposa, como un color grato a la vista, su paso era sosegado y pensativo. Cuando estaba sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo; pero al sentir el afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que le impedían el descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha?; era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su esfera propia.

La muchacha sólo contaba dieciocho años, por lo que no había sido presentada en sociedad, habiendo juzgado sus tutores que debían demorar tal acto hasta que su hermano regresara del continente, cuando se constituiría en su protector; por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella apareciese en escena. Aubrey habría preferido estar apartado de todo bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba; no experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad para proteger a su hermana. De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta; la multitud era excesiva, una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo el mundo estaba ansioso de dejarse ver. Aubrey apareció con su hermana; luego, estando solo en un rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente que la primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón, se sintió de pronto cogido por el brazo, al tiempo que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.

—Acuérdate del juramento.

Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le podría destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído su atención cuando, a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad. Contempló aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi se negaron a sostener el peso de su cuerpo; luego, asiendo a un amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le llevase a su casa de campo. Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el cerebro; ¡Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él...! y todos los detalles se encadenaron súbitamente ante sus ojos: la daga..., la vaina..., la víctima..., su juramento. "¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto resucitara!, era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo la sociedad, necesitaba aclarar sus dudas; pero cuando, noche tras noche, recorrió diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus labios, nada consiguió.

Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión de unas nuevas amistades; dejándola bajo la protección de la anfitriona, Aubrey se retiró a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos. Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse, penetró en el salón y halló a su hermana rodeada de varios caballeros, al parecer conversando animadamente; el joven intentó abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse, le ofreció aquellas facciones que tanto aborrecía. Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y apresuradamente la arrastró hacia la calle; en la puerta encontró impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su oído la conocida y fatídica voz: "¡Acuérdate del juramento!"; no se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en llegar a casa.

Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental, si antes su cerebro había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto en él, teniendo ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo. No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de arrancarle la verdad de tan extraña conducta; Aubrey se limitaba a proferir palabras casi incoherentes, que aterraban aún más a la muchacha. Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba, su juramento le abrumaba; ¿debía permitir, pues, que aquel monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar sus intenciones?. Su misma hermana había hablado con él; pero, aunque quebrantase su juramento y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a creer?. Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel enemigo; recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al monstruo. Durante días permaneció en ese estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le apremiaba a ello con lágrimas en los ojos; al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la soledad, salió de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la humedad de la noche; al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey; y si al principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde la fatiga le vencía.

Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le siguieran; pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento. Su conducta, no obstante, cambió de pronto; sobresaltado ante la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz enemigo entre ellos, de cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió entrar de nuevo en sociedad y vigilarlo estrechamente; ansiando advertir, a pesar de su juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad. Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días, resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan visibles, que su hermana se vio al fin obligada a suplicarle que se abstuviese, en bien de ambos, de frecuentar una sociedad que le afectaba de manera tan extraña. Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber interponerse; y, temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro, pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él la autoridad delegada por sus difuntos padres. Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con las inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que residiera en la mansión y cuidase de Aubrey. Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente absorta estaba su mente en el otro asunto; su incoherencia acabó por ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en la cama, incapaz de levantarse, su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con unas miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no la hubiese tocado ni rozado siquiera:"¡Oh, hermana querida, no le toques!, ¡si de veras me quieres, no te acerques a él!"; sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se limitaba a murmurar: "¡Es verdad, es verdad!", y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no lograba ya arrancarle.

Esto duró muchos meses, pero gradualmente, en el transcurso de aquel año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró bastante; al tiempo que sus tutores observaban que varias veces al día contaba con los dedos cierto número, y luego sonreía. Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana. Instantáneamente, Aubrey se mostró alerta, y preguntó angustiosamente con quién iba a contraer matrimonio; encantados de aquella demostración de cordura, de la que le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden. Creyendo que se trataba del joven conde al que él había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido; y aún asombró más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver cuanto antes a su hermana. Aunque ellos se negaron a este deseo, su hermana no tardó en hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha; puesto que la abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que su hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.

Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que ella lucía sobre el pecho; al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al descubrir las facciones del monstruo que tanto y tan funestamente había influido en su existencia. En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo pisoteó; cuando ella le preguntó por qué había destruido el retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender; después, asiéndola de las manos, y mirándola con una frenética expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría con semejante monstruo, ya que él... No pudo continuar, era como si su propia voz le recordase el juramento prestado; y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven se hallaba detrás suyo, no vio a nadie. Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y le obligaron a separarse de su hermana; Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen la boda un solo día; pero ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo.

Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le fue negada la entrada como a todo el mundo; cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información; corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su triste destino, gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita Aubrey. ¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que había hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que conversaba; ¡ah, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella le prestaba!. En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey; gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda pese al trastorno mental del hermano, de modo que la misma tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el continente.

Una vez lejos del médico y el tutor, Aubrey trató de sobornar a los criados, pero en vano; pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió una carta a su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba su felicidad, su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido en brazos como su esperanza y la esperanza del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones. Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo que, creía, era solamente la manía de un demente. Transcurrió la noche, sin descanso para ninguno de los ocupantes de la casa, y Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el casamiento; vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes superó, al fin, a su vigilancia; y gradualmente se alejaron para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una indefensa anciana. Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad, saltó fuera de la habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba reunido, dispuesto para la marcha; Lord Ruthven fue el primero en divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de rabia. Una vez en la escalinata, le susurró al oído: "Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana quedará deshonrada; ¡las mujeres son tan frágiles...!". Así diciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la anciana, le estaban buscando; Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser trasladado rápidamente a su cama.

El suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente cuando aconteció, pues el médico temía causarle cualquier agitación; la boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron Londres. La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo los síntomas de la muerte próxima; deseaba que llamaran a los tutores de su hermana, y cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche, instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató apresuradamente cuanto había vivido y sufrido... y falleció inmediatamente después. Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, pero cuando llegaron ya era tarde: Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había saciado la sed de sangre de un vampiro.

  FIN

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