De la serie de la cultura cubana

A propósito de una poética

 por Ignacio T. Granados Herrera


Este tipo de literatura, primero que todo, existe; de hecho, es típica y puede definirse como contemporánea. A partir de ahí, tiene valores que le son propios, independiente de si se le comprende y acepta o no. El problema es, entonces, la solidez y la perfección que logre o no dentro de esos parámetros suyos, el cumplimiento o no de esos valores propios. Por tanto, habrá que establecer esos valores suyos; es decir, referirse a su origen, y enmarcarlo en la evolución más general de la literatura en sí. Primero, es una poesía de élite, incluso si eventualmente se recrea en motivos populares y comunes; ya que cuando lo hace, es desde una perspectiva intelectual y elaborada, compleja y relativamente abstracta; si bien, su tratamiento de la imagen es tan figurativista que logra camuflar o posponer un poco su naturaleza intelectual; pero en principio es intelectual, en el sentido de que su objeto último —algún tipo de comprensión— y su naturaleza misma —tanto la necesidad que intenta satisfacer como la forma en que lo hace— son intelectuales.

Este tipo de literatura, intelectual, se derivaría sin paradojas del vitalismo de la Vanguardia; ya que, igual que el idealismo materialista, se trata de la pulsión vital como concepto intelectual. No es paradójico, porque es un proceso natural, comenzado con la misma Modernidad; cuando el Clasicismo renacentista se centró en la naturaleza, tratándola a nivel conceptual. De ahí, por ejemplo, que el mismo sensualismo renacentista de los italianos (Petrarca) sea intelectual; se ceba en objetos puros, llámese Laura o Beatriz, y recrea motivos clásicos —El Cantar de los Cantares, El Jardín de las Delicias, etc—, pero como referentes conceptuales. Es así que el amor, apoteosis del sentimiento, se expone en todos sus alcances; pero de modo objetivo, desarrollado como idea, por tanto con valor universal; es decir, como un objeto abstracto (separado), aunque su representación sea con la recreación de su praxis recurrente.

El Neoclasicismo en Francia, el Manierismo en Inglaterra, y el simple Barroco en España; todas esas escuelas pusieron el énfasis en la recreación formal de los clasicistas del Renacimiento, y son más o menos un mismo movimiento en contextos parecidos. El problema es que en su formalismo puro, desplazaron el sentido vital; de ahí la rebelión de los románticos, primero en la Inglaterra manierista, luego en la Francia neoclásica; y no hay que dejarse engañar por la diferencia de nombres, que sólo señala un mismo fenómeno, pues el Neoclasicismo francés es el mismo Manierismo inglés, que también es el que culmina como post-Barroco español, hasta con el magnífico Greco. Como rebelión y contesta, si la tradición era racionalista (formalista) ellos postularon el irracionalismo; pero en verdad se habría tratado del impulso vital, el elán de Spinosa, como una pura compulsión... intelectual. La prueba es que, aunque sus objetos fueran la manifestación del elán, los desarrollaban en función de justificarlos intelectualmente; hasta la apoteosis del Irracionalismo, el canon de Fausto y Margarita —que es el mismo de Don Juan y Doña Inés, aunque la contradicción primera, inteligencia Vs simpleza, derivara en sensualidad Vs pureza; y no es ocioso que la primera ocurriera en Alemania y repercuta en Francia, luego en Inglaterra; tampoco que la segunda cubra el perímetro de España a Italia— como máxima contradicción. De ahí, por sus diversos motivos y contextos, sería que surjan el Simbolismo franco-alemán y el Surrealismo; este último, con su énfasis en la pulsión vital, el elán mismo, que se justifica intelectualmente.

A esas alturas, ya se habría establecido la nueva estratificación, según parámetros estrictamente platónicos; de un lado, el Eros pandemós, y del otro el Eros uranio. Es decir, la división de las prácticas literarias entre las de las élites intelectuales y las de las capas populares. Esa sería la confrontación que se da en Cuba al momento de la revolución, entre la tradición neo-Modernista de Orígenes y el universalismo intelectual de Lunes de Revolución; donde Orígenes tiene una función de referencia relativamente neoclasicista, por su intención de legitimidad trascendente en el Modernismo; y Lunes de Revolución, la victoria un poco grosera de la Vanguardia, populista, de falsa naturaleza popular. Esto último, de hecho, sería lo propio del Socialismo, que como propuesta de teoría política excluye a las capas populares como el lumpen proletario; es decir, en su naturaleza intelectual, en la que "el Pueblo" es una abstracción, igual que "la Materia"; como es propio de su origen idealista (Hegel), aunque sea del Idealismo supuestamente objetivo (Marx). En términos generales, la literatura contemporánea cubana rompe con su tradición modernista (Orígenes), a partir del populismo intelectualista de Lunes de Revolución; y todos los escritores cubanos que se formaron bajo la sombrilla educativa y cultural del gobierno cubano, totalitaria, crecerían bajo esos parámetros.

Ese es el contexto, el marco, y el objeto es entonces de corte intelectual, porque es de este contexto que extrae su naturaleza; y como fenómeno es obviamente válido, aunque sólo sea porque existe, y su característica será entonces el tratamiento intelectual de la imagen, no meramente formal; incluso si se da algún tipo de intercambio entre estas dos direcciones, puesto que aquí se trata de una reducción de principios genéricos, no de casos puntuales. De hecho, toda discusión en este sentido es relativa, puesto que siempre se dan alcances intelectuales en el formalismo y viceversa; en tanto ningún fenómeno, en tanto real, es puro o abstracto en modo alguno, y sólo se refiere a la preponderancia de determinados elementos. El tratamiento formal de la imagen, reducido al "formalismo burgués", sería lo propio de la tradición modernista; lo que contiene un sofisma, no una paradoja, en la figura de Lezama Lima, que era un cultor vanguardista del Modernismo; no un modernista, y ni siquiera un derivado del Modernismo, sino un puro intelectualista que por eso logró darle un valor ideológico apoteósico y conclusivo al Modernismo, en Orígenes. Eso del vanguardismo de Lezama Lima es claramente relativo, pero cierto, y esto es obviamente una disgresión; pero fíjese la sutileza de que no se trata de un Lezama surrealista sino vanguardista, que no es lo mismo; pues encerrar la Vanguardia en el canon surrealista, por más amplio que éste sea, no pasaría de ser un dogmatismo. En ese sentido, el vanguardismo lezamiano consistiría en esa dimensión intelectual de su comprensión de las tradiciones formales; hasta el punto de esbozar una estética plena de sutilezas como sólo Heidegger las pudo conceptuar, y con más gracia y eficacia; lo demuestra la solución alternativa que provee, en sus novelas, a los problemas típicos de la estética, planteados por Herman Hesse en sus dicotomías recurrentes. Esa manera de dramatizar la árida ontología del Catolicismo y su soteriología, por ejemplo, y mucho más; que incomprendido se rebaja a fervor de feligreses pacatos, que es lo que fue la cofradía culta que lo rodeo; pero que siempre es mucho más, porque el ateísmo típico de los surrealistas no pasa de serle otra aburridísima religión, y sin escatología, para más INRI. Lo cierto es que Orígenes murió y triunfó Lunes de Revolución, que se ramificó en las instituciones que la canibalearon; esa es, pues, la estética cubana contemporánea, como generalidad, siempre más allá de individualidades contradictorias y contradicentes, esplendorosas o no. El problema, entonces, es más bien como borgiano, porque se refiere a los tipos de escritor, y no a los valores concretos de las obras; es decir, a la sensibilidad peculiar de los escritores y críticos, más afectos al formalismo tradicional o a la inteligencia con que se tratan y resuelven las imágenes. Cualquier reducción in extremis es siempre al absurdo, pues, como ya se advirtió, todo intelectualista tiene alguna pretensión formal y viceversa; se trata sólo del énfasis, la prioridad, que es la que alcanza a definir al crítico y al autor. Pero hay una petición de principio a partir de la prioridad, por la que el formalista es básicamente insensible al intelectualista, y viceversa; es por eso que, con imposible modestia, ambos deberían reservarse el criterio respectivo; lo que es sobrehumano, es decir, divino.

Respecto al caso específicamente cubano del período revolucionario, de otro lado, no puede desecharse el aspecto humano; como un imponderable que siempre ha influido y hasta determinado la evolución de la cultura en sus fenómenos concretos; pero que en este caso, por su extrema precariedad, adquiere un valor apoteósico y culminante; en esa paradoja en que los colectivismos fraguan fuertes individualidades, porque Dios es siempre más grande. Resulta incomprensible que los griegos, que dieron rostro a la Discordia, a la Erinnia (la culpa) y la Ananké (la necesidad), no lo dieran a la recurrente Paradoja; debe ser porque en el fondo eran persistentes racionalistas, aunque sumidos en una primariez que impedía cualquier intento de positivismo. Lo cierto es que, rebajados en su humanidad al conglomerado abstracto de "el Pueblo", los intelectuales cubanos del período revolucionario son más víctimas del ego propio que cualquier otro; por eso, el corte generacional de la apoteosis con que surgen las primeras élites intelectuales de la revolución cubana, no sólo copa las posiciones de poder, por más relativo que éste fuera; de hecho se niegan a la transmisión amistosa, y se empeñan en un paternalismo que los perpetúe en sus posiciones, políticamente ventajosas, de forma lesiva para las generaciones posteriores. De ahí que, la generación posterior a la de Lunes de Revolución, deviniera también en un comportamiento típico; tratando de legitimarse para acceder a las posiciones de poder relativo pero también efectivo, acaparadas por esa generación anterior. De este conflicto surgen fenómenos como el grupo Paydeia, por ejemplo, de filiación neo-origenista; esto, por contraste con la épica revolucionaria de la generación inmediatamente anterior, y por ende con más pretensiones formales. Sólo que, carente de referentes concretos y objetivos, esta generación posterior no distingue sutilezas como el liderazgo vanguardista de la figura de Lezama Lima respecto al neo-Modernismo de Orígenes; lo que es sólo un ejemplo, pero bastante suficiente, sobre el tipo de conflicto que vivió la estética literaria cubana en la época de los '80 y los '90. Peor aún, como necesidad natural dentro del esquema socio-político cubano, esa generación sólo pudo tener esas aspiraciones atendiendo a los parámetros establecidos por el sistema social; es decir, sometiéndose incluso fervorosamente a la formación académica, que de hecho los determinaba teóricamente dentro de los parámetros del Marxismo; siquiera —¡horror!— de la interpretación caribeña del marxismo soviético, que ya de por sí era una escuela bastante aleatoria. Prueba de ello, la interpretación crítica del Muerte de Narciso de Lezama Lima, por Lourdes Rensoli e Ivette Vian; que a pesar de sus lamentables justificaciones respecto a la teoría estética del Marxismo, despertó justificadas expectativas. Pero en todo caso, incluso esta generación neo-origenista era intelectualista; participaba del discurso intelectual y desconfiaba del sensualismo formal del Modernismo, hasta el punto de anatemizar la popularidad de un autor como José Ángel Buesa; que no es que fuera especialmente esplendoroso, aunque en cierto modo lo era, pero que en ningún caso merecía una categoría de paria como la que se le adjudicó.


Después de eso, de la generación de paydeia, resurge un remanente de una generación intermedia, entre la de Lunes de Revolución y los neo-origenistas de Paydeia; esto es, una poesía un poco menor, más intelectualista que la de Paydeia, pero menos épica que la de Lunes..., cuya figura más típica es Reina María Rodríguez. Este grupo, relativamente marginado de las situaciones de poder, no tiene una relación antagónica con la de Paydeia; de hecho, ofrece a Paydeia una suerte de legitimación, y se funden en una generación posterior aún, determinada por el neo-origenismo, y que la legitima. Pero esta búsqueda de legitimidad, en un país que vive cuestionando a sus creadores, tiene un defecto, o una peculiaridad; no distingue, puede que ex-profeso, entre Lezama Lima, la figura central de su culto, y el grupo Orígenes, con el que naturalmente se lo identifica. Es curioso, sin embargo, que aunque centrados en la búsqueda poética, a lo que recurran sea a la justificación teórica lezamiana, y no a las obras concretas de Orígenes; y en ese sentido, se identifican como neo-barrocos, pero en el sentido que el Barroco tenía para Lezama Lima, que era intelectual, no formal, aunque tuviera alguna connotación en ese sentido.

El Barroco en Lezama Lima respondería a la retorcedura intelectual con que éste hace una parábola perfecta de las búsquedas formales del estilo; pero su trabajo, eminentemente experimental y vanguardista, es intelectual, y su impronta formal es tan original que no tiene precedente alguno, mucho menos en ese estilo ya clásico. Además, para poner las cosas en perspectiva, Lezama logra liderar Orígenes tanto por cuestiones afectivas como por ser el único que poseía el bagaje teórico necesario para ello, no por afinidad estética. Al menos habrá que aceptar, con algún realismo, que la discusión estética, en tanto afecta las relaciones personales, se detiene siempre en el límite afectivo, y ese fue el caso de Orígenes; y de hecho, los otros miembros del grupo con intereses y algún bagaje teórico, era tan convencionales que en su grisura no alcanzarían a legitimar al grupo, como Cintio Vitier; o, como Gastón Baquero, estarían tan inmersos en sus propias dificultades, en este caso de orden étnico, que no podrían darse el lujo de la transgresión.

De ahí que, el neo-Origenismo sea en verdad una especie de neo-Lezamismo, y tenga por ende una naturaleza menor, epigónica; aunque por necesidad lógica, por el carácter póstumo y netamente histórico de la figura de Lezama, recurra a las otras figuras del grupo, como los mismos Cintio Vitier, Gastón Baquero o Carlos M. Luis. Aquí resaltaría, de hecho una de las contradicciones más asombrosas de ese llamado neo-Barroco cubano; que busca relacionarse con las figuras disidentes de Orígenes, más afiliadas al Surrealismo escolástico; revelando así la fuerza de su origen, intelectualista, en aquellas fuentes del grupo de Lunes...., no precisamente en la majestad que reverencian. Y aún, este neo-Lezamismo, incluso deja ver su naturaleza en su intelectualismo a ultranza, que da en llamar neo-Barroco; y hasta en eso se ve su naturaleza intelectualista, en ese rito en que el Barroco se convierte a la mera inteligencia de la imagen...

 

...pero Dios es siempre más grande.