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Esta vez toca explicar un poco esa distinción de nuestras reseñas entre moneda dura y local; pero eso es bueno, porque significa crecimiento. La distinción, como principio, alude al origen de los libros reseñados; que también en principio, sólo se refería a los de producción local y los de otros lugares. Pero que la definición se base en la moneda tiene un sentido, que sin dudas enriquece el criterio; porque se trata de la tensión entre los grandes productores, de tipo transnacional, y los locales. Hasta ahora esa aclaración no era necesaria, pues bajo la categoría local nunca habíamos tratado un libro de otro lugar; pero he aquí que ahora tenemos libros independientes producidos en otras localidades, y de ahí esta aclaración. En moneda dura, se refiere a sellos ya establecidos y fuertes, como Planeta, Santillana o Norma; En moneda local, recoge títulos de productores pequeños e independientes, cuyo alcance es básicamente local. Al margen de eso, sólo nos queda reiterar nuestra disposición a la colaboración; primero, por supuesto, en lo que respecta a inversores potenciales; pero también en lo que respecta a colaboraciones específicas, con trabajos de crítica literaria. También estamos orgullosos y felices de abrir la tienda de EDITPAR, y qué mejor espacio para anunciarlo que éste; ahora nuestros libros podrán ser adquiridos on line, aprovechando las bondades del desarrollo de la internet; aunque en principio, de un modo natural, nuestras existencias serán pobres, sobre la base de inventario de una producción semi artesanal, capaz de emular la factura de la producción industrial pero sin serlo. Igual les invitamos, como siempre, a visitar nuestras otras secciones: Our Gallery y Our Library
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Reseñas ...en moneda dura Aurora Boreal, de Åssa Larsson Sables y Utopías, de Mario Vargas Llosa Circunstancia y perfil del mito El perfil de la grandeza: Hernest Hemingway ...y en moneda local La náusea en el espejo de Alejandro Fonseca, por Joaquín Gálvez |
Náusea, el desarraigo y la memoria en Álex Fonseca
El poeta se debate entre el desasosiego de un presente que le resulta ajeno y con el que no puede conciliarse, y un pasado que lleva a cuestas como Sísifo con la roca, pero al que, inevitablemente, permanece atado: Tuve la llave de un paisaje y sus natalicios/Los espejos captan el espionaje de mi rostro/ Pero soy el que siempre regresa tanteando con furor el borde de una isla. El dilema que acecha al poeta está simbolizado por dos palabras: archivo y espejo, es decir, pasado y presente. Las mismas son elementos de contraposición que se repelen y convergen a la vez, trazando un mapa independiente donde se ubica la geografía existencial del poeta: Y el hijo del archivero temeroso pero partidario aprende a falsificar su nombre/ Tendré que seguir fingiendo ante la nausea en el espejo. En efecto, Fonseca toma distancia y se convierte en un ente pasivo de su medio, para así darnos un testimonio desprovisto de toda tendencia épica, cuyo único compromiso son los dictados de su voz.
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En lugar de la columna, sugerimos el video completo de la presentación de Diván de Lezama Lima en la Feria Internacional del Libro de Miami 2009, adelantando disculpas a la vez por la calidad del audio. |
En Tierra derecha, poesía hípica
Quizás por eso, esta novela no tiene una trama única, sino que unifica diversas historias y las desenvuelve a la par. Como estructura, eso no es muy convencional, pero lo convierte en un libro de lectura fácil y desinteresada, sin presiones estilísticas ni pretensiones más allá de su propio desenvolvimiento. Tampoco hay que llamarse a engaño, pues con un manejo bastante funcional del lenguaje, por momentos el aliento idílico logra unas imágenes y una fraseología impresionantes para un libro sin esas pretensiones. En un momento francamente espectacular y poético, la tragedia de un caballo moribundo, que descubre las constelaciones de “Equuleus” y “Pegaso” podrían inscribirse entre los mejores logros de la poesía hípica, si ésta existiese. En ese sentido, es una novela rara, como si la literatura volviera al interés de sólo querer contar historias, sin esas presiones académicas que tanto la han distorsionado. En tierra derecha fue escrita a cuatro manos, dos de ellas por un mítico narrador de torneos hípicos en Colombia, y que es el que tiene la historia para contar; las otras dos son de un escritor que sabe la función perfecta de la comunicación, el periodista Alfredo Arango. El binomio nos regala un producto muy fresco, una literatura de paz, para personas normales, que sólo quieran leer alguna historia sin más allá que su propia intensidad. Eso no está mal, debería ser lo propio de la literatura, en vez de las horribles distorsiones que han hecho tan complejo y especializado el simple acto de leer.
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En ese sentido, no es ni siquiera un buen recurso que nos acerque a Hemingway; sino que se centra en esa obsesión de un autor por otro, al que le reconoce paternidad y carácter. Es decir, aún es un libro de culto, pero no para “hemingwayanos” sino para el mismo Gatti; que, eso sí, nos permite participar de esa obsesión suya como de un objeto literario excelente y muy bien tratado. El libro, además, goza de otras virtudes propias; como la velocidad y la ligereza, que eran ajenas al denso norteamericano. De hecho, Hemingway no se ocupaba en otro autor; sino que algo más arrogante y apodíctico, acostumbraba a retratar los problemas del mundo; solapando una solución excelente, sesgada, supremacista e ideológica, intelectual como todo pretendido realismo. Gatti, en cambio, es lúdico, un lúdico por excelencia; que sin esa prosa poderosa, se basta con la enormidad de su culto para regalarnos todo un libro. Es entonces un culto muy original, que en vez de sumir al acólito en la sombra lo saca a la luz; haciendo de Hemingway, por primera y bendita vez, un mero y pasivo receptor, inocente de tanta locura. Bendita locura no obstante, que pocos autores tienen la suerte de generar una admiración tan madura que no necesita justificarse; y a Gatti le basta con adorar a Hemingway, no necesita atosigar al mundo con lo que de seguro ya sabe. Es un acercamiento muy original, porque es acercamiento al reflejo, a la imagen; pero cuando esta imagen es lo único que en definitiva queda de un autor, perdido siempre entre sus mitos, los propios y que le adjudican. Aún así, esta obsesión por Hemingway genera tanta parafernalia existencial que el resultado no puede sino ser maravilloso; y Gatti se aprovecha de todo, como una piraña con un sistema digestivo envidiable. Todo Hemingway sirve, hasta los llaveros y las camisetas que se venden a los turistas; los cuartos de hotel en que vivió o pasó una noche, los muchos museos que aún sustenta y las desgracias o venturas que a estos ocurren, todo. Por el camino, y hay que reconocerlo, porque es gracias a esa parafernalia existencial, nos queda lo mejor; se le perdona a Hemingway el machismo obtuso, el coqueteo aventurero con proyectos nefastos. Se logra incluso reforzar tópicos como el suicidio, por vía de su magnificación literaria; es decir, sin conseguir conmiseraciones y sin reducirlo a un trastorno de personalidad especial; tratándolo como lo que fue o es, un tema interesante, ya folclórico y colorido, de quien arrogante pretendió vivir las aventuras que escribió. |
La mandrágora de H.H. Ewers, perfección y estilo
Cuando se habla de La mandrágora, lo primero que salta a la mente es la alegre superficialidad del Decamerón, que al estilo de Las mil y una noches alegraba los tedios recreando antiguas leyendas como el de esa extraña planta. Pero eso era en la Italia renacentista, y este título de ahora es un clásico alemán, así que la cosa es necesariamente distinta. Incluso se trata de un clásico contemporáneo, que explica la extraña evolución del Romanticismo a la literatura gótica y de horror. |
En esta novela, el perverso Braun le sugiere a su tío, un poderoso y rico científico, la creación de una mandrágora total y realmente humana: una mujer perfectamente perversa, concebida con la simiente de un loco criminal y una prostituta de vocación. La relación entre el tío y su sobrino, así como con Alraune, su creación, desborda los cauces de toda perversidad. El mismo desarrollo de la criatura, perversa como sus creadores, tiene efectos que recuerdan a El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, revelando su ascendencia. Por demás, sólo la Alemania de la I Guerra Mundial ofrecía el marco adecuado para semejante trama; con su multitud de príncipes y nobles en abierta connivencia con la burguesía en ascenso de los funcionarios públicos, y todos igual de vanos y corruptos. |
La mandrágora de Hanns Heinz Ewers (Lectorum, 2006) es uno de esos títulos capitales a los que Alemania acostumbró al mundo. El libro cuenta con un prólogo muy especializado, y necesario a estas alturas de realismo llano y descuidos estilísticos. La traducción de Catherine Seeleg y el prólogo del mexicano Ricardo Guzmán Wolffer son de una eficiencia rayana en lo magistral. En el prólogo se nos explica que la novela se interesa en el sexo perverso; pero sin caer en lo erótico, más bien preocupado por la transgresión moral. Por eso se trata del sexo que esclaviza y no del que libera. También trata de manipulaciones genéticas en épocas tan tempranas como principios del siglo XX; es, sin dudas, literatura de horror y lascivia por los excesos del conocimiento y los atrevimientos de la ciencia. Nacido en la segunda mitad del siglo XIX, Ewers, el autor, fue un franco y prolífico heredero de toda la tradición alemana, a la que honra. |
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Como estilo, la novela no sólo explica la formación de ese subgénero de la literatura gótica europea; que es más rica y variada, más sofisticada y compleja que la norteamericana. También tiene los extraños elementos que vinculan al Surrealismo con el Romanticismo alemán; con la crítica mordaz a la mediocridad de la naciente clase media, sin elogios de un supuesto heroismo del pasado. Uno de los mejores recursos de este libro es el desenfado con que pasa de una subtrama a otra, como de un cuento a otro, para seguir su propio drama, que es la formación de la monstruosa Alraune, el colmo de la perversión y la crueldad. Como buen clásico, y alemán, el libro puede ser muy pesado; pero será las delicias de las élites especializadas, es un manjar de gourmet. Tiene también ese manejo de la prosa que caracterizó a los románticos, con unas imágenes perfectas y la joyería de su vocabulario. |
| De hecho, La mandrágora es parte de una trilogía en que retoma el tema del Fausto, de J. W. Goethe; creando su personaje, Frank Braun, epítome de cinismo e inmoralidad. Con el título original de Alraune [Mandrágora], la historia alude a la misteriosa raiz humanoide que se forma con la última eyaculación de un criminal ejecutado, y que tendría propiedades mágicas. |
Pero es en el retrato de los ambientes de esa cultura en decadecia, mimética y snob, donde el autor alcanza su perfección; esa condición literaria que le permite la crítica más aguda, justo porque comprende la realidad desencantado y sin mayor compromiso. |
Sables y Utopías, la paradoja intelectual en Mario Vargas Llosa
La duda surge inevitable, porque el genio de Vargas Llosa es literario, como bien sienta el prologuista de este libro del sello Santillana; es decir, llega al pensamiento político por algo muy distinto de las necesidades reales de la gente real, el enfrentamiento de las dificultades en el manejo de la cosa pública. No hay que olvidar que el socialismo podrá ser una perversión humanista, pero al capitalismo lo echaron a perder sus tecnócratas; esos flamantes graduados que recurrieron a intelectuales para justificar su codicia desmedida y su falta de pudor, su mezquina humanidad. En ese sentido este libro es muy interesante, porque permite un recorrido por la evolución ideológica de Vargas Llosa; y quizás su mejor valor sea el de la paradoja, por la que esa evolución no es de un pensamiento estructurado sino de fidelidades filosóficas. No por gusto, el genial peruano llega a concretarse como político en un gesto fallido; porque se trata de un discurso básicamente utópico, por más que se organice como una antiutopía. De hecho, todo contrario participa de la naturaleza de su contraparte; si no, no podría negarla, porque ha de tener una relación directa con ella según reza la lógica elemental. Vale aquí recordar, pues de paradojas se trata, que Vargas Llosa es un genuino heredero del Realismo Crítico; aquel de Balzac y de Zolá, que en él —porque el hombre es el hombre y sus circunstancias— surge como la apacible burguesía de un Realismo Urbano, que es el que lo engarza al famoso Boom de la literatura latinoamericana. La pobreza de este libro radicaría en que disecciona al autor, y en ello extirpa su mejor parte; excluye al literato que legitima al político como una sombra venida a menos, pero con la densidad de monumentos salvajes [La casa verde]; a los que sobrepone joyas en que la literatura se recrea pura, como un baño de Artemisa espiado por el imprudente Anteo, que morirá mordido por sus propios perros. Nada como la fina perversión de Elogio de la Madrastra, o la opresión de La ciudad y los perros y Los cachorros; por más que, ciertamente, sus monumentos sean de verdad monumentales, como Conversación en la catedral o La tía Julia y el escribidor. Pero la sensibilidad pura del arte es una falsa inteligencia, sólo ofrece su sensación; y la prueba está en esa desmesura de seriedad con que pretendió su monumentalismo anterior en La fiesta del Chivo; demasiado histórico y documental, demasiado político, demasiado falto de la selva agreste en esa racionalidad de la tecnocracia política. |
Desde entonces, en todo caso, los intelectuales han pretendido el poder; acercándose a esa idea dictatorial e iluminista de la República platónica, donde el Aristós pertenecía a la raza uránica de los filósofos. En ese momento, el poder secular de los reyes era emergente; precisaba de una legitimación trascendental, que le proveía puntualmente la estructura religiosa. Pero para poder desarrollarse en su propia suficiencia, el poder secular precisaba de una legitimación propia; que fue la que proveyeron los intelectuales de la época, cuando los reyes copiaron a las scholas catedralicias [Universitas]; con las que a su vez el clero seglar pretendía sobreponerse a la presión política de las órdenes religiosas, que habían optado por generar su propia intelectualidad con las scholas monásticas. Situaciones ambiguas como la del gran Abelardo ilustran el momento, con aquellas sutilezas en que se enfrentaban realistas y nominalistas; que debido a la manipulación del magisterio en su elitismo, destiló una disidencia bajo el manto protector del poder secular. La historia es tan compleja que no precisa de teorías conspirativas, le basta con la misma circunstancialidad de los casos; pero cuando Lenin, un político, interpretó a Marx, fue consciente de esa necesidad de una legitimación trascendente. De ahí ese apelativo, ni tan secreto, del intelectual como compañero de viaje; era obvio que no se podía confiar en ellos, que a la larga —o ni tanto— pretendían lo mismo, el poder en plena lucha de clases. Por eso la utilización, que a mediano plazo los frustra a los intelectuales; de ahí que el itinerario intelectual nazca con la izquierda glamorosa, y eventualmente disienta en una derecha teórica. Porque la prueba está en que toda la intelectualidad de derecha, o al menos su magisterio, es en verdad una disidencia de la izquierda; sólo el desencanto —es decir, la frustración— los lleva al enfrentamiento, que más que dialéctico es maniqueo, como Alicia a un lado y otro del espejo. Quod sí?, véase el manto de legitimidad política que expande esa derecha intelectual, sobre una clase económica que le resulta éticamente ingobernable; porque no la entiende en sus abstracciones de lógica simplista y reductiva, igual que tampoco entendieron que la economía socialista era infuncional. Esta de ahora, la economía capitalista emanada de las universidades y no de la práctica diaria, tampoco lo es; padece los mismos errores y excesos de la lógica socialista, que es ética, del corte estoico cristiano. Con esa circunstancia, difícil que el perfil sea paradojal; es siempre el cuento de Alicia, que en uno u otro lado del espejo repite la misma historia de perseguir a un conejo imposible. |
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por Ignacio T. Granados Herrera En El señor de los platillos, una especie de búsqueda sobre el eclipse repentino de un astro absurdo; en Escribir para Rafa, una propuesta no menos absurda, que trata de construir una experiencia romántica. En otro cuento, una pareja descubre que su amor es nocturno y decide alimentarlo; pero en otro, el absurdo llega a vivir la transmutación de una experiencia horrible, en que un hombre logra la realización más serena de sus sueños más secretos. En todos estos cuentos, un surrealismo brutal y descarnado; una perfección estética que corona a su autor como el más fiel y legítimo heredero de Kafka, el precursor; incluso igual de sombrío, aunque su prosa sea más desgranada y menos escueta, porque al fin y al cabo sus referencias son otras. Es curioso que Escribir para Rafa sea un libro de textura tan distinta de La verdadera muerte de Juan Ponce de León; en este último, los temas son de índole más histórica, aunque la ficción campee gracias a una imaginación desbordada; y donde ya aparecen recursos que serán más desarrollados en las novelas, como ese de trocar la historia en función de un drama ficticio de por sí, aunque en sus destellos devuelva iluminaciones sobre posibilidades reales de la trama. Tentar esa cuerda peligrosa de la distorsión del hecho primigenio, esa es la fuente de la creatividad dramática de Nieves; pero no surge como un gran proyecto, sino apenas como un pequeño paso, justo con la historia de Seva. Está claro que La verdadera muerte de Juan Ponce de León es un estadio de primera madurez; pero no sólo eso, sino que también aquí le vienen los recursos, con el mejoramiento de lo epistolar; cuando se atreve a desencadenar la obsesión científica como espacio para la ficción. Ahora que vivimos a Luis López Nieves bajo su mejor y más última avalancha, es bueno recordarlo como fue antes; no para valorarlo en su evolución, que fuera de estudiosos, a las personas normales eso no acostumbra interesarles; pero sí para disfrutarlo en un faceta que difícilmente volverá, porque la madurez exige sus ajustes. En efecto, antes de El corazón de Voltaire y El silencio de Galileo, López Nieves hacía otra literatura; y como se dijo, no se trata de establecer su evolución, que el arte vale por lo que es en cada obra, y eso también es válido para la literatura. En efecto otra vez, antes de estas novelas, López Nieves dio a la luz cuentos de valor excepcionales; que en parte, incluso, prepararon este paso suyo posterior, aportándole los recursos dramáticos para ello. |
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