Número anterior

El 2008 fue un año funesto, y quizás eso explique la irregularidad en esta propuesta de una publicación alternativa; que centrada en la crítica de literatura, pretende al menos diseñar un marco en el que fabricar un mercado real para el libro local. Si la inexistencia de ese mercado es inexplicable, peor aún es que la ciudad haya acogido a personalidades icónicas que se ha dado el gusto de no reseñar; como la inefable María Kodama, que tan sólo por su nivel de controversia y su relación con Borges merecería alguna atención. También por estos predios estuvieron enormidades como Salsman Rushdie —¿imaginan?—; nada menos que en una Feria Internacional del Libro, pero igualmente nada pasó ni se reseñó. Ni que hablar cuando se le ofreció al crítico literario de más cuál medio cubrir, con todos los gastos pagos, la primera entrega el Premio Planeta-Casa de América en Colombia; y que él se dio el lujo de rechazar por la persona de donde venía, aunque igualmente fu pésimamente reseñado por el encargado final, y eso que los gastos se pagaron efectivamente.

Indiciario

Reseñas... en moneda dura

Ella, que todo lo tuvo

La sombra de lo que fuimos

Dos lecturas sobre El corazón de Voltaire

...y en moneda local

Jaime Baily, el canalla perfecto

Por el revés somos de mentira

Cuento: Dioses y Orishas, de Pérez Valero

Noticia

Anuncio

     

No hay que caer, es cierto, en la dialéctica fatal del gobierno cubano, que culpa de sus fracasos al famoso bloqueo capitalista; pero lo cierto es que las miasmas de este pantano, como que a veces logran sofocar la vida. De ejemplo sirva el artículo que publicó El diario de las américas, en Abril del 2009, con la firma de Luis de la Paz; en el que mienta el trabajo de Ediciones Itinerantes Paradiso, pero reduciéndolo a muy ciertos títulos; como El Libro del tío Ez —que en el artículo aparece como el "tío Oz", quizás el mago—, otro no suficientemente representado, y otro aún que no aparece bajo el sello. Extraña ese reportaje, y quizás semejante diario debiera revisar las credenciales de su crítico literario; porque por lo menos pudo haberse revisado la información con su fuente originaria, tan siquiera con una búsqueda, aunque para eso fuera necesario que el propósito sea serio. En verdad, y de hecho, extraña el reportaje, primero, porque incluye un libro de fuera del catálogo; que se hizo, es cierto, pero no por los intereses propios del sello, y que sabe Dios cómo encontró y relacionó su factura original, que no está acreditada en el mismo.

Pero sobre todo, extraña ese reportaje por lo que tiene de omisión irrespetuosa; cuando el mismo crítico de ese medio sabe que este sello se ha extendido en traducciones suficientes de clásicos, como ciertos del romanticismo francés. Lo sabe, no sólo por su acceso personal, sino también porque está suficientemente documentado incluso en la internet; de donde la sospecha sobre ese crítico, y por ende sobre el diario que publica tan festinadas críticas. En todo caso, EdItPar puede enorgullecerse de su trabajo; sobre todo, porque siempre ha centrado su esfuerzo en el desarrollo local y no en individualidades. La realidad siempre ha sido dura, y no hay que asombrarse de ningún tropiezo; al final, la solución del genio, si es real, es la misma siempre, porque lo que importa es lo real; que es lo que queda, y la facultad de ser despectivo con el resto, consciente de la propia capacidad.

 

Directorio de Escritores e Intelectuales Negros de Cuba

Invertir en EdItPar

Jaime Baily, el canalla perfecto

Esta reseña no es sobre una novela de Jaime Baily, que como narrador es pésmo; sino sobre sus crónicas periodísticas, que en Miami se conocen a través de El Nuevo Herald; y que son sin dudas de lo mejor de la literatura contemporánea, justo por su vivacidad. Enfocando el objeto, Baily se adueñó de la voluntad de todo lo que vale y brilla por un genio singular y superefectivo para las entrevistas; que elevó un programa de un canal secundario a producto estelar de la televisión en todos los Estados Unidos. Pero Baily tiene esa característica común de desear la fruta del cercado ajeno; es decir, de dejarse atrapar por el fasto que envuelve la vida de los escritores que han triunfado.

Más allá de eso, incluso, Baily llegó a ambicionar un programa de comedias; que al estilo de las rutinas norteamericanas, lo único que hizo fue evidenciar su falta de ingenio, su pobreza. No se puede decir que sea deshonesto, pues a través de sus crónicas nos ha dejado saber todas estas contradicciones y frustraciones; es decir, que él añora triunfar en la literatura, y despedirse altivo de la televisión y el periodismo en general. Lo espurio de su anhelo nos lo revela en que no existe tal cosa como una vida de escritor, sino vida de gente real que a lo mejor escribe; aunque el señuelo funcione para la gente mediocre, no se supone que un escritor sea una gente mediocre, por lo menos si se trata de un escritor genial. Eso último a lo mejor no lo comprende, porque es una cuestión de metafísica —la clásica, aclaramos, lo ontológico, no el atado de supersticiones con permiso intelectual del New Age—; pero lo que es increíble es que no comprenda que la crónica periodística es un género literario establecido desde hace mucho. La crónica es, por derecho, el único subgénero en que el periodismo es respetable; no necesariamente por una cuestión de prejuicios, sino porque el resto, si funciona como lo que es, se limita a la escueta transmisión de noticias.

Ahí, además, es donde Baily se suelta y luce lo mejor de sí, como en las entrevistas; y puede y hasta ese genio peculiar para la entrevista le salga por esta naturalidad irreverente, que le permitiría acceder al fondo real de las personas. Eso vuelve a ser metafísico y complejo, así que mejor es dejarlo; porque para enfrentar a lo mejor de Baily hay que estar dispuesto a la frescura. Ese modo gracioso de ser canallezco, es sencillamente brutal; esa manera de expresar sus propias contradicciones, que por comunes son también del resto, es también lo más eficaz que ha soltado una pluma. Quizás no sea una lástima que se desgaste queriendo ser literato, cuando de hecho ya lo es; quizás sea el dramatismo de esa contradicción lo que le permite esta performance perfecta con que se exhibe los domingos, como otro día de guardar que nos regala Dios.

Ediciones Itinerantes Paradiso se ha dado un lujo singular este año, y es el de promocionar el trabajo de un autor extraño; no se trata sólo de reseñas, que habitualmente se publican conscientes de lo que aportan al espacio propio; sino de que se ha metido directamente con un autor de un sello super establecido como Santillana, y le ha podido ofrecer el apoyo que le niegan ellos.
Se trata de Diego Fischer, que tiene nada menos que la primera biografía de Juana de Ibarbouru; es decir, un producto perfecto, sobre el que un sello como Santillana tiene dudas, y que EdItPar decidió traer a la Feria Internacional del Libro de Miami. Lo de menos es que hayamos logrado imponer al autor, que eso era lógico por el producto mismo; lo asombroso sería la opción, que distingue a EdItPar del trabajo local en cuanto a promoción de literatura se refiere. Claro, ese asombro se hace relativo cuando se sabe que EdItPar no hace lo que hacen los demás; y no por arrogancia, sino porque sabe que si hace lo que los demás llega a donde llegan los demás, a ninguna parte; por esa premisa sobre el absurdo, por la que si quieres algo distinto tendrías que intentar algo distinto, por lo menos. Lo cierto es que Diego Fischer viene a la FIL-Miami 2009, y lo trae EdItPar cuando es un autor de Satillana; y no sólo eso, sino que ese sello se da el lujo de importar unos pocos ejemplares, desconociendo aún la magnitud de su producto, que sí la sabe EdItPar.

Por el revés somos de mentira

La crónica en Marta Sepúlveda

El género de la crónica se ha convertido en una de las preocupaciones de la literatura contemporánea, que hace esfuerzos por revitalizarla. Igual temor se tiene por la promoción de la poesía, cuando todo el mundo escribe poesía. Se trataría de un temor infundado, ante la fuerza comercial de la novela; pero este libro de la colombiana Marta Sepúlveda demostraría que el género de la crónica sigue vivo y fuerte, sólo que adaptado a los nuevos tiempos. En efecto, Por el revés somos mentira es un libro que celebró el primer aniversario del blog de su autora, y recoge sus mejores artículos de entonces. Así, se trataría de que el género se habría desplazado, como los tiempos, de los medios tradicionales al nuevo mundo de la tecnología, la internet. El blog de Sepúlveda es quizás uno de los más sólidos y consistentes de eso que se ha dado en llamar “la blogosfera”. Dedicado a la literatura, recoge reseñas críticas, comenta y conmemora fechas significativas y acontecimientos de autores importantes. Es como una sección muy especial de ese nuevo medio que es la internet, y es el fruto de un trabajo muy paciente y constante. La autora tiene sus recursos, con varios poemarios publicados, desde hace varios años dirige el círculo de lecturas de la librería Barnes & Nobles, a donde ha llevado figuras importantes de nuestras letras. También ha dirigido el programa de lectura continua de la Feria Internacional del Libro de Miami por dos años consecutivos; el último, dedicado al argentino Jorge Luis Borges; el anterior estuvo dedicado a Gabriel García Márquez.

Eso, sin dudas, facilita este trabajo suyo, pero porque habla de agudeza crítica y capacidad de convocatoria; ese es el valor tras este libro, en el que se encuentran también varias firmas de relativa importancia para la comunidad de escritores colombianos en el Sur de la Florida. Con un formato hermoso, al final de cada crónica se incluye un comentario escogido entre los que recibió el artículo original; lo que de paso muestra la inteligencia, el interés y la agudeza de quienes frecuentan el blog, que su autora gusta de presentar como “la casa de todos”. El libro, además, muestra la capacidad de la literatura para reinventarse con los tiempos; de modo que no hay que temer tanto, porque siempre dispone nuevos recursos. La misma Sepúlveda abrió el blog por iniciativa de amigos suyos, que la impulsaron a realizarse por este medio. Los mismos amigos se mantuvieron al tanto y colaboraron con la edición de este libro-resumen, que es el mejor cumpleaños que pueda tener cualquier proyecto.

Como escritora, en este libro Sepúlveda no puede negar su ascendencia poética, que la lleva de la ensoñación lírica a la ternura y la ironía. Lo mejor de todo, con una prosa limpia y elegante, que a pesar de su aparente simpleza deja claro que al escritor lo hace el estilo, ese ángel extraño. El libro, en cualquier caso, mantiene la fina espontaneidad y la frescura de su origen; Sepúlveda afirmó incluso no pretender nada con él, sólo que el lector pase el buen rato que pasó ella. Esa es una magnífica propuesta para buscar un libro en estos tiempos, el buen rato que promete.

Ella, que todo lo tuvo, usted también puede tener un book

 

Planeta es a los libros como la marca Ford a los autos, y paga regalías de equipo beisbolero a sus escritores; por eso, es inevitable, sus productos pueden tener la excelencia del Hummer; que es grande, pesado y molesto al tráfico como un bully en el patio escolar a la hora del recreo. Pues bien, Ella, que todo lo tuvo resulta como uno de esos carros que te imponen en los comerciales; desde el prestigio a toda prueba de la autora, que hoy día garantiza precisamente su convencionalidad; y hasta las medidas gigantistas de su formato, incluido el lujo vulgar de su redacción.

      

Como mérito, bien que dudoso, esta es la novela que cualquier periodista quisiera hacer; sólo que un periodista no es necesariamente un escritor de literatura, sino un simple transmisor de informaciones. Como principio, no habría nada malo en el éxito comercial de un libro; de hecho, no habría nada malo con que un libro sea comercial; si al fin y al cabo es un producto que debe venderse, porque —pese a toda la mística intelectual desde los modernos— un libro es sólo eso, un libro. El problema es cuando la masificación del mercado estandariza la producción, y le impone sus cánones; porque a partir de ahí, ya no puede esperarse creatividad de los grandes productores, y si no que lo diga la industria automotriz estadounidense.

Esta novela de Becerra es un producto contradictorio, que se ama y se rechaza de modo intermitente; porque hecho de situaciones tópicas y frases felices, queda deslucido por la reiteración de sus recursos. Aclarando eso, se trataría de una escritura que busca desesperadamente lo poético; e impone esa premisa a una trama donde se reconocen imágenes y texturas de todas las buenas novelas que en el mundo han sido. Se trataría entonces de una suerte de pastiche, justo a la medida de esas hordas que se gradúan periódicamente de talleres literarios y van a alimentar los festivales y las páginas de la prensa. No es que falte grandeza, sino que ésta es impostada, igual que su aliento de falsa poesía; y por no faltar no falta ni la caracterización esquemática que fue genial en García Márquez, pero que Isabel Allende abarató hasta el sin sentido. No por gusto siempre ha sido así, y los unos son los unos y los otros son los otros; el afán de grandeza revela la pobreza, y también en reversa, que toda calle es de dos vías.

Se puede comprender que el jurado, sacado en definitiva del mismo mercado, premie esta novela; que después de todo tiene todos los ingredientes de una receta gourmet, sólo que el cocinero es el genérico. Cualquiera de las tramas en que se hilvana el libro es preciosa, y de un dramatismo que merece mejores resultados; la cuestión está en si el interés de escribirlas era real real o solamente impuesto por la necesidad de seguir llevando un nombre. Los escenarios son igual de espectaculares, pero el escenógrafo no es precisamente Umberto Eco; así que Florencia no pasa de ser una postal compuesta, donde se superponen los sitios de interés habitual. Hay otros elementos que contribuirán a decepcionarlo, por lo que prometen y no dan; desde la dama enigmática que se entrega a juegos extraños, un librero de naturaleza gélida; y hasta un desastre natural que atentó contra un templo de la cultura, como si la naturaleza rabiosa se hubiera negado a seguir con tanta farsa. Hacia la segunda mitad, la trama cobra coherencia y con ello algún interés; pero luego de haber vagado por varios tópicos, que no logran justificar tamaña dispersión. No por gusto, sellos como Planeta se han avenido a las políticas de rescate gubernamental, como las automovilísticas; con esos fraudes propagandísticos de campañas para la lectura, concursos estudiantiles y festivales de literatura.

Próximamente se anunciará la presentación de Diván de Lezama Lima y Cartas para Gloria. El primero, por Ediciones Iduna, comenzaría los festejos por el centenario del nacimiento de José Lezama Lima; contiene una serie de ensayos sobre la estética del autor de Paradiso y Opiano Licario, en esa misma tradición ontologista que le era propia. El segundo, publicado por EdItPar, es una plaquette dedicada a Gloria Leal, directora asociada de El Nuevo Herald de Miami (ENH). Este segundo es un tríptico de ensayos cortos, que se recrea en la contradicción de las relaciones entre la literatura y el periodismo; y fue concebido a partir de las discusiones del autor con la sra. Leal como su editora en la sección de Artes y Letras (Dominical) de ENH.

EdItPar anuncia para el invierno 2009/10 Et in Arcadia ego...; una colección de ensayos literarios, que recogen desde el sentido ontológico de la reflexión estética y su valor cognitivo como tal, hasta crítica de la cultura contemporánea. También, el relanzamiento de Los demonios de la noche y Gaspar de la noche; clásicos y pioneros del romanticismo francés, en traducción original para este proyecto.

Luis Sepúlveda

La sombra de lo que fuimos

 

"La vida se llenó de agujeros negros y estaban en cualquier parte, alguien entraba a una estación del metro y no salía jamás, alguien subía a un taxi y no llegaba a su casa, alguien decía luz y se lo tragaban las sombras".

Hay dos maneras de leer a Luis Sepúlveda, y una es creyendo lo que dice e identificándonos con él por darle importancia a su discurso. Esa es la forma más común de leerlo, desde que su estilo narrativo es de un parco realismo, más o menos urbano, y marcado por la sintaxis funcional del periodismo. Hasta ahí todo bien, pero se pierde entonces lo mejor de su literatura; pues como todo, la literatura es más grande que sus escritores minuciosos. Esta novela de sepúlveda, en estos tiempos, puede parecer una memorabilia; pero esa es una trampa para incautos sin interés real y propio. Más allá de eso, La sombra de lo que fuimos es una mirada descarnada sobre la razón de ser; y es cierto que se aprovecha de esa violencia revolucionaria, que hoy suena a fuera de tiempo; pero también es cierto que se vale de esa circunstancia real, para construir uno de los discursos existenciales más bellos que pueda dar la literatura contemporánea. La novela resulta entonces como una suerte de manifiesto estético; como algo complejo, que se apropia de recursos ya clásicos como la tensión dramática de Esperando a Godot, en la más abierta y evidente de las licencias.

El absurdo está en la situación misma de los viejos revolucionarios; que resultan patéticos, pero que por lo mismo son instrumentos eficaces para producir la belleza. El discurso es aquí, entonces, lo de menos, si por primera vez el fin está en los medios; no lo justifica, sino que habla claramente de la venialidad de nuestras pretensiones, no importa lo trascendentes que parezcan. Esta novela, también, es una de las pocas en que el lenguaje garcía marquiano está perfectamente hilvanado y logrado; sin tópicos de realismo mágico, en una concisión que lo hace precioso y eficaz, descansando en la agudeza de sus giros. La imagen perfecta está en el parlamento de uno de los protagonistas, que da el título; "somos la sombra de lo que fuimos, y mientras haya luz existiremos". Será teatral, ¡todo el libro lo es, es patético!; pero todo el realismo crítico de Balzac, que es un canon, está recogido en la escualidez de un título como La comedia humana. Así este libro, también, hecha por tierra las burdas trampas comerciales, y se vende como lo que es, literatura.

La historia, es sabido, la cuentan los vencedores, que son los que cuentan; por eso, y porque los vencedores también tienen dolor y resentimiento, nadie sabe la vida del otro lado. Pues bien, esa es la cantera que nutre a las artes, con la frustración de los olvidados como otra vitalidad; y aquí está esa frustración, la locura de los comunistas convencidos y traicionados por la historia, y que terminan inmersos en la esquizofrenia. Los que lean esta novela de Sepúlveda con ojos políticos, podrán concluir que los protagonistas lo merecían o no; pero más allá de eso, que nadie sabe, está el horror de los que han vivido el horror. Es cierto que, aún, el autor supura una fe nostálgica y ese resentimiento de los vencidos; pero es que se trata justo del drama de los vencidos, que es hermoso en ese patetismo, como una pincelada manierista que revelara a los santos en sus momentos de mística piedad.

De todas formas, también está ahí la amarga ironía de la otra frustración, la de las promesas cumplidas; es decir, ese otro horror que vivieron estupefactos los refugiados comunistas cuando llegaban a La Habana o Bucarest, donde terminan por perder el pelo en su estado de nervios. El final es definitiva e increíblemente feliz y vindicativo, pero a un autor así hay que permitirle su pequeña venganza; después de todo nos ha dado una magnífica novela, en la que superpone al absurdo de Genet el de nuestra historia política; también la hermosa pureza de una ideología ya antigua y perfecta, como el anarquismo. Esta novela es magnífica, porque logra existir donde la literatura; más allá de su discurso, a donde se llega con el justo aliento, y si podemos leerla ahí ya hemos merecido el Parnaso. También merecemos conocer la reivindicación de los luchadores puros, cuya dignidad está en la derrota; esa profunda raíz anarquista que no tarda en contradecir al Socialismo, porque "la libertad es un estado de gracia, y sólo se es libre mientras se lucha por ella".

Luis López Nieves, dos lecturas sobre El corazón de Voltaire
Ficción e intriga

Cuando Humberto Eco publicó El nombre de la rosa, revolucionó para siempre los parámetros de la novela policíaca; tanto por su entorno histórico como por su tipo de trama, y su tratamiento. Algo semejante puede decirse del puertorriqueño Luis López Nieves, con El corazón de Voltaire; una especie de novela policíaca, escrita en género epistolar. Lo más original es su contemporaneidad, pues adapta el modelo epistolar a la rapidez del e-mail; de modo que la misma novela se hace ligera, tanto en su prosa como en sus recursos dramáticos.

El corazón de Voltaire es una ficción monstruosa, y el autor dice que es completamente original; se trata de un científico, cuya investigación acerca de la autenticidad de los restos del genio francés sufre un vuelco inesperado. La crítica a la arrogancia intelectual es apenas una justificación para la trama, que es deliciosa y disparatada; además de eso, la rica descripción y los cambios de paisaje añaden fuerza a una de las mejores novelas de los últimos tiempos. El autor hace alarde de una erudición casi escandalosa, que resulta en una burla graciosa; y nos lleva con el corazón en la boca por los caminos de la intriga histórica.

¿El pendulero de Foucault?

El corazón de Voltaire es la más pura ficción literaria; y abunda en excelencias; con sutiles homenajes a escritores complejos e icónicos, como Humberto eco y Jorge Luis Borges. También, es sabido que la relación de Eco con Borges queda remarcada en la primera novela del primero, El nombre de la rosa; cuando, igual que Aristóteles a Platón, le enmienda la plana a su inspirador y lo critica en cada una de sus páginas. Lo mismo puede decirse de López Nieves y El corazón de Voltaire, aunque más atrevido con la naturaleza de sus maestros que con sus maestros mismos; cuando, por ejemplo, el más ordinario de los personajes de El corazón de Voltaire insiste quisquilloso en su cuestión. Se trata de una ficción intelectual, que se desarrolla entre intelectuales y muy intelectualmente; y de pronto, en medio de tanta excelencia irrumpe la vulgaridad de un simple peluquero; cuya máxima relación con la república platónica, además, era la portañuela de un académico al que no comprendía.

El libro comienza con una provocación sobre los restos de Voltaire; a partir de ahí, la trama se desarrolla y crece como una pelota de nieve. El autor maneja el chantaje palaciego y el clientelismo diplomático como los recursos con los que se avanza hoy día un proyecto cultural. Pero no hay en todo el libro ningún ánimo de reivindicación; quizás sea por eso mismo que es más eficiente, como ficción, que todas las críticas realistas. Detalles anecdóticos, como la forma en que surge el cuestionamiento de la autenticidad de esos restos; las presiones y la manera en que aparecen los recursos para dicha investigación, y la manera brutal en que culmina; todo eso enriquece con problemas marginales una trama genial, pero no sobra nada. Desde la primera página hasta la última, es como tener tres libros en uno; desde falsa la novela histórica a la de aventuras, y por supuesto, la investigación policíaca.

En el libro hay además señales dispersas sobre el culto de la “literatura en la literatura”. No es algo serio, sino precisamente la muestra de esa ligereza que hace de este libro un juego feliz, y con ello también audaz. Un momento realmente dramático, es cuando se rompe la supuesta línea genética con los descendientes de Voltaire. Es en ese momento climático donde comienza la gran trama, y el libro justifica el homenaje silencioso a autores sutiles y complejos, pero emblemáticos, como Jorge Luis Borges y Humberto Eco.

La insistencia del entrometido, incluso, consistía en una pregunta perpetua; si los libros sobre Voltaire se vendían en las vitrinas y las estaciones de tren, “como sucede con las biografías de Piaff, Aznavour, Deneuve y Depardieu”. Entonces es como la ironía que usó Eco para con Borges en el personaje de Guillermo de Basquerville; en plena victoria (postmoderna) de la Ilustración, un entredicho sobre su sentido y eficacia, y hasta sobre la validez de sus propósitos.

Obviamente, se podrán argüir y elaborar todos los conceptos neoplatónicos y hegelianos del mundo; que si la república de las letras, la espantosa Utopía que se expande en la usura de las universidades; todo eso, pero el ensayo ya no es más literario, como con Borges, porque volvió a ser académico, como con Eco; y eso es un hecho, como si el propio Baskerville no hubiera podido escapar de aquella biblioteca incendiada por su irreverencia; no sólo por el dogmatismo de un monje ciego, sino también por el irrespeto de una persona que no sabía lo que el otro. A nadie sabe cuántos años de aquella ficción de Eco, hoy nos gastamos esta otra; donde el populismo socialistoide, ya poderoso y cruel, desdeña el protocolo y las caretas.

El resultado es incluso bello, toda una imagen recorrida por clásicos como El jardín de los senderos que se bifurcan y El nombre de la rosa, de Borges y Eco respectivamente.

 

                                     

El peluquero gay de un perdido pueblo, en una perdida ficción, queda para siempre sin una respuesta; nunca sabrá, aunque los intelectuales sí y se lo callan, si tan renombrado personaje “es importante fuera de las universidades”, y si no para qué sirve entonces. Obvio, como que en definitiva se trata de la lucha de clases, y que esa lucha es por el poder; porque Marx tuvo muchas veces —casi siempre— razón en sus intuiciones, aunque se extraviara en los fines mismos y en el método; pues entonces no pasa otra cosa que la decadencia inevitable de una tendencia triunfante, para que el péndulo vuelva un poco más calmo a intentar el centro. El péndulo de Foucault, en una tardía reivindicación, brindaría entonces la reivindicación de Eco; al fin y al cabo, se trata de gratuidad, que es por lo que el análisis estético es más efectivo que el ético; aunque por tanta sutileza no soporte la mediocridad de los intereses que negocian su acceso al poder.

Privilegio sufrido de monjes extraños, que se erotizan y lo trasgreden todo en pos de la santidad iluminada; el conocimiento mismo, que salvífico condesciende a develarse al escriba enamorado de su imposible. ¿Será que López Nieves rescata los perdidos juegos de Castalia?, ¿cuántos homenajes, por Dios?; no es tan sólo Eco y Borges, es también Lezama Lima y Herman Hesse, ¿o es tan sólo el impulso del campanero?