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El dramaturgo y la doctora, el conocimiento feliz en Inés María Martiatu y el trabajo de Eugenio Hernández Espinoza ©: Ignacio T. Granados Herrera |
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| Una de las figuras más atractivas y consistentes de la cultura negra cubana, Inés María Martiatu ha contribuido como pocos a la legitimación y la integración funcional de uno de los segmentos más maltratados de ese andamiaje que es la cultura nacional. El trabajo de Martiatu es sobre todo teórico, por lo que su contribución reside más en la traducción a términos "convencionales" y comprensibles de un sector confinado a la extrañeza; es decir, una desmitificación concienzuda, pero no de mitos supuestamente exóticos, sino de esos otros mitos, aunque también ancestrales, de la cultura occidental. Su primera incursión grave en este sentido, podría ser su análisis de la obra teatral María Antonia; una obra de Eugenio Hernández Espinoza, que ya integra el panteón de lo clásicos nacionales. El trabajo de Martiatu incluye otras figuras, también icónicas, como la poeta Nancy Morejón y la cineasta Sara Gómez; y no por gusto, dice Alberto Abreu que "la antropología teatral caribeña tiene en la obra de Inés María Martiatu uno de sus discursos teóricos más inquietos y provocadores". Se entiende, aunque no esté tan claro, que no se refiere únicamente a su contribución directa sobre el género teatral; sino a esa sensibilidad especial para comprender el profundo dramatismo de la reflexión estética del mundo negro; que no responderá a los "modos" obvios del intelectualismo en Occidente, que por otra parte es fatal y únicamente moderno. En ese sentido, el trabajo de legitimación de la Martiatu no tiene precedente, y es increíblemente abarcador y suficiente; puede extenderse, como se ha dicho, de una poética acusada de falta de color folclórico, como la de la Morejón, a las técnicas de hiper-escriturización cinematográfica de Sara Gómez. De ahí la afirmación de que ella "se ha convertido en la exégeta por excelensia", que aunque se refiere a la trayectoria de Eugenio Hernández no se limita a ella; porque aunque este trabajo suyo sí es sobre esa dramaturgia, como el de ese autor rebasa esos límites y alcanza valores más universales e interdisciplinarios, integrando la filosofía y la antropología. Es más efectiva que curiosa esa confluencia del autor (Eugenio Hernández) y la novis et honoris doctor in eclesia; porque se trata de que él, como nadie, supo actualizar, casi a niveles litúrgicos, el mito tradicional; reflexionando el drama cósmico en una nueva ontología, como mismo el burgués gentil hombre, Don José Lezama Lima, lo hiciera con su sistema poético. Todo ese trabajo de Hernández pudo perderse, como se pierden tantas cosas, en los meandros del pintoresquismo banal; algo así pasó con el experimento poético de Nicolás Guillén, que a la larga contribuyó a fijar esterotipos falaces, sin lograr cuajar en sus propósitos reivindicacionistas. Por suerte para Hernández, la doctora blande sus pinzas esclarecedoras y lo rescata y lo sostiene en toda su grandeza; como cuando Santo Tomás se alzó sobre el prejuicio agustinista, logrando la vindicación de un Aristóteles venido a menos. Así, ella dijo que no, que no era otro guión para que el fantasma de Luis Carbonell paseara su esperada excelensia por un cabaret de París o Los Angeles; se trataba, y se trata, de algo mucho más serio y más profundo, de toda la reflexión del mundo. Esa imagen patética, en la que se salva el poeta (Guillén) por otros valores, que no por sus propósitos formales, es muy esclarecedora; ante la contradicción de Guillén, ella protesta contra la tradición del teatro bufo, que desciende de la Comedia del Arte pero es más vulgar y ofensiva, porque se dirije a un sector específico para confirmarlo en su marginación. A la decadencia de la filosofía, predicha por Hegel, se le puede atajar con una corrección mínima; ya pasó, cuando Zeus forzó la infidencia de Prometeo, y conjuró su destino renunciando a los amores ilícitos con la nereida. Así también, los excesos del positivismo racional-ilustrado podrían corregirse con el dramatismo sociológico de lo negro inserto en Occidente; eso es lo que hace el dramaturgo (Hernández), que caza mitos para su cuidadosa representación arqueológica. Entonces entra la doctora, y fungiendo de maestra de ceremonias, impide al público soez que bostece el simulado tedio; le dice a ese público arlequinesco que se trata de él mismo, de su misma Comedia de l'Arte en que atropella a Columbina y abusa de Pierrot, porque es una reflexión suficiente y capaz. Entonces, el trabajo de Hernández es como una postulación de un Realismo Trascendental; imaginemos eso, un evitarse la distorsión hegeliana de Kant, porque es intelectualista, de modo que ese Idealismo no llega nunca a absoluto; y todo por un Realismo, que proponiendo un referente necesario en la praxis es verdadero y abierto; no es ese exceso del absolutismo hegeliano en un discípulo también prometéico, con un concepto tan perfecto que es inmutable, como el de Materia. Es sólo una intuición teórica, es cierto, pero prometedora y consistente como la fruta que gotea sus zumos, jugosa; porque se trataría de que en su agotamiento (Hegel), la Filosofía irritada (¿Boecio?) se contraería al poder reflexivo del arte. Ahí nació —se llamaba Antropomorfismo y era griega— cuando los juglares arcaicos recogieron las tradiciones épicas y nos ordenaron el Cosmos; entre Homero y Hesíodo eso sería lo que se hizo, igual que otros más institucionalizados, fundaron siempre la cosmología en la epopeya (¿Enkidú, David, Nezahualtcoyolt?). No es gratuito, la misma creación es la epopeya de Dios, como se demostraría con Raimundo Lulio; que con su introducción de un simple elemento dramático, la contracción antes del primer sefiroth (Titsum, anterior a Kether) en la naturaleza de Dios, pudo comprender el acto mismo de la creación. Ese sería entonces el nivel del dramaturgo (Hernández), aunque desde Lezama Lima se trate de Tele y no Teología propiamente dicho; por eso, su valor sería tan funcionalmente capital, como ese de la doctora, que nos lega la felicidad de ese conocimiento, suyo y otro, renovador y distinto. No es, tampoco, ni entonces, una excusa histérica, que exista en modo crítico y por defecto, como el Neo-realismo de Maritain o Le Saulchoir; y aún así, ese trabajo de Hernández podría ser negado en su abstruso poder de significación, en tanto epistemología; si no fuera por la maestra, que se esfuerza como nueva Caterina. Se trata de eso, la transición desde la inabordable filosofía, encajonada de convencionalismos, al conocimiento salvífico y de transfigruración, conocimiento feliz acerca de lo real y su consistencia. |
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